Vivencias del migrante
Celestino Cesáreo Guzmán
La migración es un fenómeno mundial: la gente huye de su país por falta de oportunidades, por ausencia de empleo, por estudiar, por la violencia o por buscar una vida mejor.
Pero en Guerrero y en México este fenómeno ha recobrado dimensiones dramáticas, porque el presidente Donald Trump ha endurecido como nunca las medidas de control fronterizo y las redadas no paran. Como dicen Los Tigres del Norte: “¿Por qué somos los mojados? Siempre nos busca la ley; porque estamos ilegales y no hablamos el inglés. El gringo terco a sacarnos, y nosotros a volver. Si a uno sacan por Laredo, por Mexicali entran diez. Si a otro sacan por Tijuana, por Nogales entran seis. Ahí nomás, saquen la cuenta: cuántos entramos al mes”.

Para el migrante guerrerense, la duda pesa más que su maleta. La bendición de la madre, con lágrimas que arden: “Te cuidaré en tu vejez”, le había dicho. Promesa que rompió la pobreza. Se presiente que allá afuera el mundo no perdona.
Guerrero se ha convertido en uno de los estados más afectados por las deportaciones durante la nueva etapa de políticas migratorias aplicadas desde que Trump regresó a la presidencia de Estados Unidos. Tan solo en el primer semestre de 2025, 5 mil 301 guerrerenses fueron repatriados, colocándose como la tercera entidad con mayor número de personas devueltas al país, de acuerdo con cifras de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación.
Este flujo de retornos ha reactivado la discusión sobre la necesidad de fortalecer los programas de apoyo para quienes son deportados, así como para las familias que dependían de las remesas.
En este contexto, programas como 2×1 para Migrantes y Lazos Migrantes, operados por la Secretaría de los Migrantes y Asuntos Internacionales (SEMAI) del Gobierno de Guerrero, deberían cobrar mayor relevancia. El primero impulsa obras comunitarias mediante aportaciones combinadas entre gobiernos y clubes de migrantes, permitiendo financiar infraestructura básica que genera empleo y desarrollo local; aquí es clave la confianza de los clubes en quienes gobiernan. El segundo programa está orientado a la reunificación familiar de adultos mayores guerrerenses con sus hijos en Estados Unidos, brindando asesoría y acompañamiento para trámites de visa y procesos migratorios; urge reactivar el apoyo para repatriar a los fallecidos en la Unión Americana y los apoyos a sus familias.
“Nunca más los mexicanos dejarán su patria por necesidad”, prometieron quienes hoy gobiernan el país; sin embargo, el presupuesto federal de 2025 confirmó la reducción de recursos para las instituciones encargadas de la política migratoria en México. En conjunto, el Instituto Nacional de Migración (INM), la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), la Unidad de Política Migratoria y la Coordinación para la Atención Integral de la Migración en la Frontera Sur recibieron 1,851 millones de pesos, una caída del 54 por ciento respecto a los 4,073 millones asignados en 2024.
Este ajuste obedeció principalmente a la desaparición del Programa Presupuestal E008 “Política y Servicios Migratorios”, que el año pasado concentró más de 2,011 millones de pesos destinados a la protección de mexicanos en el extranjero y a la atención de personas extranjeras en territorio nacional.
Además del fin del programa E008, cada una de las áreas operativas también enfrentó recortes directos. El INM pasó de 1,897.7 millones a 1,700.1 millones, lo que representa una reducción del 14 por ciento. La Comar vio disminuido su presupuesto de 51.2 millones a 47.8 millones (–10%), mientras que la Coordinación para la Atención Integral de la Migración en la Frontera Sur bajó de 65.4 a 58.7 millones (–10.2%). A su vez, la Unidad de Política Migratoria tuvo un ajuste menor, pasando de 47.9 millones a 44.7 millones.
Este panorama presupuestal se presentó en un contexto de presiones crecientes: México registró cifras récord de detenciones de personas extranjeras en 2024, y el gobierno de Estados Unidos registró deportaciones masivas y nuevas exigencias para contener los flujos migratorios. Y el presupuesto 2026 no es muy diferente.
El viaje a la frontera, por avión o autobús, es largo y silencioso. Se sabe que dejamos en el pueblo una familia, un amor, una vida que no alcanzó. Los retenes, las revisiones, el miedo a que un gesto te delate. Nadie habla, pero los ojos lo cuentan todo.
Pero cruzar es un vía crucis, porque el coyote habla en dólares: promete rutas seguras, pasos rápidos, llegada exacta… pero en el desierto, bajo el quemante sol del cielo fronterizo, no hay palabra de honor. La suerte es un lujo.
En este caminar, algunos rezan, otros maldicen, muchos más guardan un profundo silencio. Aquí el agua se vuelve más valiosa que el dinero. En ese momento, que parece una sentencia, el migrante se vuelve a preguntar: ¿habrá valido la pena?
La inmensa mayoría cruza, pero en Estados Unidos “llegar es no llegar”: hay que sobrevivir. Aquí el reloj es ley: faltar o llegar tarde al trabajo no es excusa, es despido. Se premia la puntualidad, la constancia, el rendimiento. No importa quién eres, de dónde vienes ni quién te recomendó, sino lo que haces y cuánto produces. El inglés es una frontera diaria; y no solo se habla, también se cobra.
El migrante mexicano, famoso por trabajador, va directo a los trabajos duros, pesados, repetitivos: construcción, yardas, limpieza, restaurantes, empacadoras, bodegas, agricultura. El trabajo al estilo gringo es con procedimiento: todo se mide, todo se supervisa, todo se documenta. Y si cumples, te respetan; te vuelves indispensable y confiable.
Con los años, muy pocos logran el sueño americano. El ahorro no es su fuerte. Las remesas, sin duda, ayudan al gasto de la familia que se quedó en México, pero rara vez pasan de eso.
Ser migrante es morir un poco para renacer en otro lado. El sufrimiento no solo te rompe, también te construye. Te convierte en puente entre dos mundos: el que dejaste y el que estás formando.
Y así pasan los años. Algunos afortunados pueden decir: “Crucé la frontera, pero no cambié de país: cambié mi destino”. El poeta Nicolás Guillén le diría a Trump que la muralla verdadera no se hace con muros, sino con la unidad de las manos de todas y todos para fomentar la fraternidad. En lugar de construir barreras, se debe abrir paso a la humanidad, abriendo la muralla a la “rosa y el clavel”, al “corazón del amigo” y a la “paloma y el laurel”. Veremos.
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