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Super Bowl LX: más allá del show

Super Bowl LX: más allá del show

Más allá de si gusta o no su música, de si el reguetón incomoda o entusiasma, lo ocurrido en el medio tiempo del Super Bowl, un evento que atrae a más de 100 millones de espectadores, el hecho de que un artista latino realice casi todo su set en español y con un repertorio que celebra raíces puertorriqueñas y latinas representa, para muchos, un momentáneo desplazamiento del eje simbólico de la cultura norteamericana hacia una narrativa más inclusiva y diversa.

Captura-de-pantalla-2026-02-09-a-las-12.14.51-p.m Super Bowl LX: más allá del show

Bad Bunny no llegó a Santa Clara para complacer a todos. Llegó a reclamar visibilidad para una comunidad evidente e invisible al mismo tiempo. Su espectáculo, rico en ritmos, colaboraciones y evocaciones culturales, fue acogido con entusiasmo por buena parte de la audiencia global, mientras al mismo tiempo desencadenaba reacciones conservadoras que pronto revelaron más que una simple disputa estética.

En respuesta, grupos alineados con la corriente política conocida como MAGA impulsaron un espectáculo alternativo —el “All-American Halftime Show” organizado por Turning Point USA— encabezado por Kid Rock bajo la retórica oficial de “fe, familia y libertad”, pero su existencia misma indica algo más profundo: una tensión por el significado de la identidad nacional en los Estados Unidos.

La tensión no es música contra música, sino narrativas de pertenencia que compiten por el significado de lo que representa “ser estadounidense” en 2026. El show de Bad Bunny fue, para muchos, un instante de reconocimiento y celebración; la respuesta alternativa fue un recordatorio de que aún existen sectores que se sienten desplazados por la diversidad y reaccionan con nostalgias excluyentes.

Bad Bunny no cantó solo canciones; puso en escena una identidad. Y lo hizo en un momento político marcado por la reaparición de un discurso abiertamente xenófobo desde la Casa Blanca.

No suavizó su acento ni domesticó su identidad para agradar. Hizo exactamente lo contrario: mostró que la cultura latina no necesita validación para existir en el centro del espectáculo global. Ese es quizá el mayor mérito del show: no fue panfleto, fue normalización.

La música latina no apareció como “invitada exótica”, sino como protagonista natural. El español no sonó como lengua extranjera, sino como idioma legítimo del entretenimiento masivo. La corporalidad, el ritmo, la estética urbana latinoamericana no pidieron indulgencia: se impusieron.

Habrá quien reduzca el momento a una discusión generacional o de gustos musicales. Es un error cómodo. La cultura siempre ha sido un campo de disputa política, y el Super Bowl es uno de sus escenarios más visibles.

En un país donde millones de latinos viven bajo la sospecha permanente, donde se les exige gratitud y silencio, ver a uno de los suyos dominar el espectáculo más visto del año tiene un efecto profundo. No cambia leyes ni políticas migratorias, pero sí altera imaginarios. Y los imaginarios, tarde o temprano, cambian la política.

Por eso, guste o no su música, lo del domingo fue claro: la cultura latina no está pidiendo espacio; ya lo está ocupando. Incluso —o sobre todo— cuando el poder político preferiría verla fuera del estadio.

Porque a veces, el desafío más eficaz no se grita: se baila.

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