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Guerrero: la salud pública al límite

Guerrero: la salud pública al límite

Guerrero enfrenta hoy una de las pruebas más complejas para su sistema de salud en las últimas décadas. No se trata de una crisis aislada ni de un episodio coyuntural; estamos frente a la evidencia acumulada de años de rezago estructural, agravado por la desigualdad social, la precariedad institucional y la insuficiente planeación de política pública.

Los brotes recientes de sarampión, el desabasto de vacunas, el colapso de la infraestructura hospitalaria y los riesgos epidemiológicos emergentes no son hechos fortuitos: son síntomas de un sistema que sobrevive gracias al compromiso de su personal, pero que opera sin el respaldo suficiente del Estado.

Esta situación no sólo representa una alerta epidemiológica, sino que revela una falla en el principio más básico de la salud pública: la prevención.

img_3669 Guerrero: la salud pública al límite

Cuando las vacunas no llegan a tiempo, el Estado pierde su capacidad más elemental de proteger la vida.

Este escenario tiene un antecedente claro: durante los últimos siete años, la política nacional de vacunación fue desatendida; se interrumpieron cadenas de suministro, se redujeron coberturas y se debilitó uno de los pilares históricos del sistema de salud en México.

A esta crisis se suma una amenaza emergente que no debe minimizarse: la detección del gusano barrenador en animales en Acapulco y en la Costa Chica, donde se presentó un caso en un ser humano.

Aunque inicialmente afecta al ganado y a animales domésticos, su presencia representa un riesgo sanitario, económico y social de alto impacto.

El gusano barrenador en México ya estaba extinto hace años. Es un parásito que invade tejidos vivos, puede provocar infecciones graves y, en casos no controlados, afectar también a seres humanos, especialmente en contextos de pobreza, falta de atención médica o condiciones insalubres.

Pero además, su propagación pone en riesgo la actividad ganadera, la seguridad alimentaria y la imagen sanitaria de Guerrero, particularmente en una entidad cuya economía depende del turismo y del sector rural. Su aparición no es casual: es resultado de la debilidad en los sistemas de vigilancia epidemiológica, la insuficiente prevención y la falta de una política integral de sanidad animal y salud pública.

A este escenario se suma el deterioro físico de la infraestructura hospitalaria. El colapso del drenaje en el área de urgencias del ISSSTE en Chilpancingo y el reciente paro en el Hospital Donato G. Alarcón, en Acapulco, así como el abandono de hospitales y centros de salud dañados por el más reciente sismo en San Marcos, evidencian que el sistema no sólo enfrenta retos médicos, sino también sanitarios y operativos. Un hospital que no puede garantizar condiciones sanitarias mínimas se convierte en un riesgo para los propios pacientes que buscan atención.

Esta realidad se vuelve aún más preocupante cuando se analiza a la luz de los datos demográficos. Según el INEGI, Guerrero tiene más de 4.1 millones de habitantes, y más del 60 % carece de acceso a seguridad social. Esto significa que la mayoría de la población depende exclusivamente del sistema público de salud. En términos prácticos, el sistema público no es una alternativa: es el único recurso para millones de familias.

Pero el problema no es únicamente de cobertura, sino de desigualdad social y territorial. Las comunidades rurales enfrentan condiciones que vulneran directamente el derecho a la salud.

El acceso al agua potable sigue siendo limitado en muchas localidades, lo que incrementa el riesgo de enfermedades. No puede haber política de salud eficaz donde no hay agua limpia. La salud comienza en el entorno social, no en el hospital.

Desde la perspectiva de política pública, el problema central no es únicamente presupuestal, sino de visión estratégica. Guerrero no necesita solamente más hospitales; necesita un nuevo modelo de salud territorial.

Durante años, la política sanitaria ha sido reactiva, no preventiva. Se actúa cuando el brote aparece, cuando el hospital colapsa o cuando la amenaza sanitaria ya se ha expandido, como ocurre hoy con el sarampión y el gusano barrenador. Pero la salud pública no puede depender de la emergencia permanente.

El INEGI también revela otro dato preocupante: Guerrero se encuentra entre los estados con mayor proporción de población sin acceso efectivo a servicios médicos y con altos índices de enfermedades prevenibles. Esto no es resultado de la biología, sino de la desigualdad. La pobreza, el aislamiento geográfico y la falta de servicios médicos oportunos siguen determinando quién vive y quién muere.

No estamos condenados al rezago. Somos una sociedad resiliente, con personal de salud comprometido y hasta estoico, y con comunidades que han aprendido a resistir la adversidad.

Como guerrerense comprometido con mi estado y desde una visión socialdemócrata que ha defendido históricamente el derecho a la salud, debo señalar con responsabilidad que el problema no es exclusivo de un gobierno estatal o municipal. También es consecuencia de decisiones federales que debilitaron programas clave como la vacunación y la prevención sanitaria. Pero reconocer estas fallas no debe ser utilizado para la confrontación estéril, sino para exigir la reconstrucción de un sistema público fuerte, verdaderamente universal y eficiente.

Finalmente, es indispensable fortalecer la transparencia y la rendición de cuentas. Los recursos destinados a la salud deben traducirse en resultados concretos, no en simulaciones administrativas, porque la salud no es un privilegio ni una concesión política. Es un derecho constitucional. Y cuando ese derecho no se garantiza, no sólo se vulnera a las personas, se debilita la legitimidad del propio Estado.

Nunca es tarde. Guerrero está a tiempo de corregir. Pero hacerlo requiere reconstruir el sistema de vacunación, fortalecer la vigilancia epidemiológica, atender con seriedad amenazas como el gusano barrenador y el sarampión, y garantizar servicios médicos dignos para todos.

La salud del pueblo guerrerense es lo más importante y no puede seguir esperando. Veremos.

El telón de fondo:

Acapulco, la puerta de Oriente

Durante más de dos siglos, Acapulco no fue sólo un puerto: fue el punto donde dos mundos aprendieron a reconocerse. Cada año, desde la lejana Manila, la Nao de China cruzaba el océano trayendo sedas que parecían agua entre las manos, porcelanas más finas que la luz y especias capaces de cambiar el sabor de una época entera.

En sus muelles se mezclaban acentos de Asia, Europa y América; dicen que en el mercado del puerto se escuchaban más lenguas que campanas, y no era exageración: ahí convivían marineros filipinos, comerciantes novohispanos, viajeros aventureros y soñadores. De ahí vienen el famoso mango Manila, el papel china, la canela, la pimienta, los moles, los currys, las guayaberas y hasta la china poblana. Acapulco era noticia antes de que existieran los periódicos; era mundo antes de que existieran las fronteras.

El Fuerte de San Diego vigilaba el tesoro flotante que cada año llegaba desde el Pacífico, pero también resguardaba algo más valioso: la certeza de que estas tierras miraban más allá de sus montañas. Aquí se aprendió temprano que la historia no sólo se padece… también se recibe, se intercambia y se transforma.

Antes de ser estado, Guerrero ya dialogaba con el mundo.

Antes de tener nombre propio, ya tenía horizonte.

Porque mientras otras regiones miraban hacia el interior, Acapulco miraba hacia el exterior… y el mundo miraba hacia Acapulco.

Acapulco, infinitamente Acapulco.

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