Después del Mencho
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, no es sólo el fin de un hombre: es el cierre de un ciclo criminal que marcó a México con violencia, expansión territorial y desafío directo al Estado. Su figura condensaba una narrativa de poder: el narco como empresa militarizada, disciplinada y omnipresente. Pero su caída no equivale al fin del fenómeno. En México, el crimen organizado se comporta más como una hidra que como una pirámide: desaparece un liderazgo y emergen disputas, fragmentaciones y reajustes.
Lo que sigue, previsiblemente, es una etapa de reconfiguración. Luchas internas, violencia localizada y reacomodos que redefinirán equilibrios regionales. La historia reciente lo confirma: cada gran abatimiento abre periodos de inestabilidad antes de cualquier posibilidad de contención real. El país entra así en un momento bisagra, donde la narrativa de victoria convive con la incertidumbre operativa.

Y en ese punto suele perderse lo esencial: quienes absorben el impacto inmediato son las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad. Jóvenes que patrullan territorios complejos, muchas veces provenientes de las mismas comunidades que intentan proteger. Detrás de cada operativo hay familias en espera y una vocación que rara vez se reconoce con la misma intensidad con la que se exige resultados.
Las Fuerzas Armadas de México han construido su identidad sobre una palabra exigente: la lealtad. No a coyunturas políticas, sino a la nación y a la Constitución. En un país polarizado, esa distinción es crucial: implica sostener el orden democrático incluso en medio de la crítica o la incomprensión.
Un concepto que parece abstracto hasta que se encarna en tareas concretas: custodiar comunidades, contener crisis, disuadir violencias invisibles. Justicia para quienes no tienen voz. Paz para territorios donde la normalidad es frágil.
La muerte del Mencho reconfigura el tablero, pero no resuelve el problema. Obliga a replantear estrategias, sí, pero también a mirar el costo humano de la seguridad. Porque mientras el país interpreta el significado político de esta caída, hay convoyes que siguen saliendo al amanecer y elementos que regresan —o no— a casa.
El verdadero saldo no está sólo en los mapas del crimen, sino en nuestra capacidad de reconocer a quienes sostienen la delgada línea entre el orden y el caos. Porque los nombres del narco cambian. Pero la estabilidad de un país depende, en última instancia, de algo menos espectacular y más profundo: la lealtad de quienes sirven y la paz que todos deberíamos ser capaces de honrar.
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