Sube el pasaje, baja la autoridad

Celestino Cesáreo Guzmán
En Guerrero ya no sorprende que los problemas aparezcan todos al mismo tiempo. Lo que sí preocupa —y mucho— es que el gobierno parezca rebasado por ellos. No es la existencia de conflictos lo que define una crisis de gobernabilidad, sino la incapacidad para ordenar la agenda pública, explicar decisiones y asumir responsabilidades.
Hoy tenemos un ejemplo claro: el aumento al transporte en Chilpancingo y Acapulco. Subió el pasaje, sí, pero nadie puede decir con certeza quién lo autorizó, bajo qué criterios o con qué estudio socioeconómico. Unos lo justifican, otros piden revisarlo, algunos más dicen no tener información. El resultado es devastador: la ciudadanía siente que le meten la mano al bolsillo en medio de la confusión institucional.
Cuando el gobierno no comunica con claridad, la gente interpreta desorden. Y cuando se trata de dinero —del gasto diario—, ese desorden se convierte en enojo.
Pero el transporte es apenas una pieza de un rompecabezas más amplio. Guerrero vive una acumulación de tensiones que reflejan un problema de conducción política.
El problema de fondo es que el gobierno no está logrando imponer un orden narrativo ni operativo. Cada tema se atiende por separado, cada actor da su versión, cada dependencia cuida su parcela. No hay una voz clara que diga: “esto está pasando, esto vamos a hacer y esto vamos a corregir”.
En política, la percepción es realidad. Y hoy la percepción dominante es que el gobierno reacciona, pero no conduce.
La oposición tiene la obligación de señalarlo, sí, pero también de proponer algo distinto: reglas claras, decisiones transparentes y, sobre todo, respeto a la inteligencia de la gente. Porque lo que más indigna no es el problema en sí, sino la sensación de que nadie lo está tomando con la seriedad que merece.
Guerrero no necesita discursos triunfalistas ni explicaciones a medias. Necesita gobierno. Y gobierno, en su sentido más básico, significa una cosa: poner orden donde hoy hay incertidumbre.
⸻
El telón de fondo
Heberto Castillo Martínez
Su vida y su obra no se miden por los cargos que ocupó, sino por las causas que nunca abandonó. Supo ganar y perder en la política, pero siempre mantuvo el rumbo; supo estar en la cárcel, pero nunca de rodillas; supo ceder espacios, pero jamás sus principios.
En un país donde tantas veces la política se negocia al mejor postor, él eligió el camino más difícil: el de la congruencia. Y esa decisión —silenciosa, firme, incómoda— es la que hoy sigue marcando un antes y un después.
Heberto no fue perfecto, pero fue algo más escaso: fue íntegro. Y en esa integridad hay una lección que no envejece: que el poder sirve de poco si no transforma la realidad y la vida de la gente, y que la dignidad sirve para todo cuando se sostiene. Su legado es una vara alta que aún mide la honestidad de la vida pública en México.
Al final, su historia no es solo para recordarse, sino para incomodar a algunos. Porque nos deja una pregunta que no admite evasivas:
¿Estamos dispuestos a pagar el precio de defender lo que decimos creer?
Heberto Castillo nació el 23 de agosto de 1928 en Ixhuatlán de Madero, Veracruz, y falleció el 5 de abril de 1997, en la Ciudad de México.
Share this content:






