El siguiente paso
Roberto Camps
En Guerrero, la discusión política comienza a moverse —otra vez— en el terreno de los nombres. Quién va, quién puede, quién mide más. Es natural: la sucesión ya está en marcha. Pero hay algo más profundo que empieza a emerger, y que podría terminar definiendo la elección mucho antes de que aparezcan las boletas: el cambio en el tipo de liderazgo que la sociedad está demandando.
Porque si algo dejan ver los conflictos acumulados en la entidad —violencia persistente, presión económica, decisiones públicas poco claras, tensiones sociales en distintos territorios— es que el problema ya no es únicamente político. Es de gobernabilidad.
Y cuando la discusión se mueve hacia la gobernabilidad, también cambian las reglas del juego.
Durante años, Guerrero ha sido tierra de resistencia. De liderazgos que conectan con la emoción, con la identidad, con la historia de lucha de su gente. Ese componente sigue siendo importante. Pero empieza a no ser suficiente.
Hoy la pregunta que comienza a instalarse no es quién representa mejor el pasado, sino quién puede garantizar el futuro.
En ese contexto, el perfil de Beatriz Mojica Morga adquiere una dimensión distinta. No necesariamente desde la estridencia, ni desde la confrontación, sino desde algo que empieza a cobrar valor en el ánimo social: la necesidad de certeza.
Mojica no compite en el terreno del ruido político. Su apuesta parece ir en otra dirección: construir una narrativa de estabilidad, de responsabilidad y de unidad en un momento donde la fragmentación podría convertirse en el principal riesgo para el estado.
No es menor. Guerrero enfrenta una paradoja: la transformación política abrió nuevas expectativas, pero también elevó la exigencia sobre los resultados. La gente ya no sólo quiere cambio; quiere que ese cambio funcione.
Y ahí es donde el concepto de gobernar empieza a pesar más que el de representar.
Porque gobernar implica ordenar, tomar decisiones difíciles, construir acuerdos y, sobre todo, ofrecer certidumbre en medio de la complejidad. Implica pasar del discurso a la solución.
En esa lógica, el posicionamiento que comienza a delinearse desde Mojica es claro, aunque no siempre explícito: Guerrero necesita dar el siguiente paso.
Un paso que no niega la historia ni las luchas que han definido al estado, pero que tampoco se queda atrapado en ellas. Un paso que coloca en el centro la paz, la estabilidad económica, la eficacia institucional y la capacidad de construir unidad política.
En otras palabras, un liderazgo que no polarice, sino que ordene.
Esto no significa que la contienda esté resuelta. Por el contrario, apenas inicia. La competencia será real, pero no será a través de fotografías que sugieren alianzas, ni de arrebatos.
Las condiciones del estado requieren de un liderazgo viable.
Cuando hay incertidumbre, la sociedad busca certezas. Cuando hay conflicto, busca equilibrio. Cuando hay desgaste, busca resultados. Yeso lo saben muy bien los movimientos sociales movilizados, los sindicatos, los jubilados, los ciudadanos que demandan servicios básicos, atención en salud, seguridad, empleo.
Ese es el terreno en el se tendría que mover la nueva narrativa, cerca de los intereses de la gente, lejos del interés de grupos y partidos.
La clave, entonces, no será quién gane los espacios de prensa y redes con declaraciones, encuestas de dudosa fiabilidad y fotografías, sino quién genera más confianza.
No será quién habla más fuerte, sino quién ofrece mayor claridad.
No será quién representa mejor el enojo, sino quién puede conducir al estado hacia una etapa de estabilidad.
En ese cambio silencioso, pero profundo, podría estarse jugando la elección.
Porque al final, más allá de nombres y coyunturas, la pregunta que terminará pesando en la decisión ciudadana es mucho más simple —y mucho más exigente—:
¿Quién puede gobernar Guerrero sin llevarlo a una nueva etapa de conflicto?
Ahí es donde comienza realmente la sucesión.
Share this content:







Publicar comentario