El Caso Ruffo
Celestino Cesáreo Guzmán
No milito en “Corea del Centro”, expresión que se ha popularizado para describir a quienes prefieren la comodidad del silencio antes que asumir una postura clara, firme y sin ambigüedades frente a un asunto complejo.
El anuncio, con despliegue mediático, de la detención del exgobernador Ernesto Ruffo Appel, presentado como presunto líder de una red de huachicol fiscal, es uno de esos casos. Lo más sencillo sería callar. Sin embargo, más allá de la investigación penal —que corresponde exclusivamente a las autoridades y a los tribunales—, el proceso deja abiertas preguntas legítimas sobre el funcionamiento de la justicia en México.
Ernesto Ruffo es un empresario y político de 74 años, amable y sencillo en su trato, alcalde y primer gobernador de oposición en la historia contemporánea del país. Su trayectoria pública está ligada a la transición democrática que puso fin al sistema de partido hegemónico. Precisamente por ello, el caso rebasa la situación personal del acusado y adquiere inevitablemente una dimensión política.
El 19 de julio de 2026, El País publicó que Ruffo se presentó de manera voluntaria ante la Fiscalía General de la República para atender el citatorio relacionado con la investigación, manifestando su disposición a colaborar con las autoridades y defender su inocencia. Ese dato, por sí mismo, obliga a preguntarse si era indispensable el nivel de exposición pública con el que fue presentado el caso o si bastaba permitir que enfrentara el proceso bajo las reglas ordinarias del sistema penal.
El principio de presunción de inocencia no es una concesión para los poderosos; es una garantía constitucional para todos los ciudadanos. Cuando una autoridad exhibe públicamente a una persona antes de que exista una sentencia firme, corre el riesgo de sustituir el juicio de los tribunales por el juicio mediático. La justicia debe probar culpabilidades, no construirlas en conferencias de prensa.
También resulta inevitable preguntarse por el criterio con el que se ejerce la acción penal. La empresa investigada no estaba integrada únicamente por Ernesto Ruffo. Existen otros socios y participantes cuya responsabilidad, en su caso, también correspondería determinar a las autoridades. Sin embargo, la atención política y mediática se concentró exclusivamente en él. Esa circunstancia alimenta la percepción —equivocada o no— de que la justicia puede actuar de manera selectiva cuando el personaje investigado posee un determinado perfil político.
La percepción pública tampoco ayuda cuando se observa un contraste con otros expedientes. Mientras algunos casos reciben amplia difusión desde el primer momento, existen figuras cercanas a la llamada Cuarta Transformación que enfrentan señalamientos graves en distintos ámbitos y cuyos procesos, investigaciones o explicaciones parecen avanzar con menor intensidad o con un bajo perfil institucional. No me corresponde afirmar que exista una protección deliberada, pero sí reconocer que esa diferencia en el trato termina debilitando la confianza ciudadana en la imparcialidad de las instituciones.
La Fiscalía General de la República tiene la enorme responsabilidad de demostrar que la ley se aplica con el mismo rigor para todos. Si Ruffo es culpable, que se le sancione conforme a derecho y con pruebas suficientes. Pero el mensaje que percibe la sociedad es que unos son exhibidos y otros protegidos, entonces el problema deja de ser un expediente penal para convertirse en una crisis de credibilidad institucional.
En democracia, la justicia no puede parecer un instrumento político. Debe ser pareja, discreta en sus formas, contundente en sus pruebas y absolutamente imparcial en sus decisiones. Solo así dejará de alimentar sospechas y volverá a inspirar confianza. Veremos.
—————————
Telón de fondo
Una joya en el Pacífico:
Hay lugares que se visitan una vez y se olvidan. Hay otros que se quedan para siempre en la memoria. Ixtapa-Zihuatanejo pertenece a esa segunda categoría.
Aquí, el mar no solo baña sus playas; también acaricia el alma. Cada amanecer pinta el horizonte con nuevos colores, cada atardecer recuerda que la naturaleza todavía tiene la capacidad de sorprendernos y cada rincón cuenta una historia donde la tradición y la modernidad aprendieron a convivir en perfecta armonía.
Mientras Ixtapa ofrece la comodidad, la infraestructura y los servicios de un destino turístico de clase mundial, Zihuatanejo conserva la calidez de su gente, el sabor de su gastronomía, el ritmo pausado de un pueblo que nunca perdió su identidad y la sencillez que enamora a quienes lo descubren.
No es casualidad que millones de visitantes regresen una y otra vez. En pocos lugares del mundo es posible desayunar frente a una bahía de pescadores, navegar por un mar de intenso azul, caminar por playas de arena dorada y terminar el día contemplando uno de los atardeceres más hermosos del Pacífico mexicano.
Visitar Ixtapa-Zihuatanejo es mucho más que hacer turismo; es reencontrarse con la naturaleza, con la tranquilidad y con la hospitalidad que distingue a Guerrero.
Es confirmar que nuestro estado posee tesoros capaces de competir con cualquier destino del mundo y, al mismo tiempo, conservar el encanto de lo auténtico.
Si aún no conoces este rincón privilegiado del Pacífico, este tiempo es buena temporada para descubrirlo. Y si ya tuviste la fortuna de recorrer sus playas, seguramente entenderás por qué siempre existe un motivo para volver.
Share this content:






