Abelina, las batallas perdidas
En política hay una ley no escrita —pero implacable—: la percepción es la realidad. Y cuando esa realidad se instala en la conversación pública, no hay amparo, suspensión ni “carta liberada” que alcance para revertirla. La historia reciente de Acapulco lo confirma.
La alcaldesa Abelina López puede tener —y pelear— la razón legal. Puede exhibir oficios, invocar procedimientos y demostrar que todo está en regla. Pero mientras los expedientes se leen en letra chiquita, la opinión pública se forma en titulares, gestos y silencios. Y ahí, en el terreno donde se ganan o se pierden las batallas mediáticas, la cuenta no le favorece.
El problema no empezó con un collar ni terminará con otro. Viene de antes. Desde aquellos resbalones posteriores al huracán Otis, cuando la ciudad exigía empatía, orden y conducción política, y recibió ausencia de su autoridad en los primeros días, y un año después, un mensaje que la hizo el hazmereir. Fue una narrativa que nunca conectó con el ánimo social. La tragedia pedía liderazgo; la acción de gobierno y la comunicación fracasaron.
Luego vino el episodio del collar “regalado por el pueblo que la ama”. Una frase que, por sí sola, parecía salida de una comedia política de enredos. La intentona posterior de control de daños —mostrando otro collar, de menor valor— no corrigió el rumbo: lo empeoró. Porque cuando se cambia la versión, ya no se discute el objeto, sino la credibilidad. Y cuando la defensa obliga a estirar la verdad, el debate deja de ser jurídico para volverse moral.

Ahora bien, tener la razón legal no equivale a tener la razón política. La ley se interpreta en tribunales; la percepción se sentencia en la plaza pública. En la mayoría de noticieros nacionales la figura de la presidenta municipal ha sido sujeta del escarnio, yo siempre pensé que de manera injusta, porque la intentona de la ASE de entrometerse en la fiscalización de los recursos federales, era una batalla perdida para Paris Peralta. Pero, ¿y en los medios?
Sobre el collar: aceptar regalos —aunque se explique, se minimice o se reetiquete— activa una alarma ética inmediata, más aún en un contexto de carencias, inseguridad y desabasto de agua. No importa cuántas hojas tenga el expediente si el mensaje que queda es el de la desconexión.
Mientras tanto, la ciudad escucha a liderazgos sociales hablar de lo esencial: seguridad que no llega, agua que no alcanza, servicios que fallan. Ese contraste —entre la urgencia cotidiana y la defensa personal— termina por sellar la narrativa. No es una conspiración; es política básica.
La paradoja es cruel: la alcaldesa puede ganar en el juzgado y perder en la conversación. Puede resistir legalmente y quedar debilitada simbólicamente. Y en política, lo simbólico pesa. Mucho.
La alcaldesa Abelina dice que la atacan por el 2027, y tiene lógica su planteamiento, pero lo que ella no puede ver, es que el desgaste de su imagen la ha ocasionado mayormente, ella misma.
Porque al final, no gobierna quien mejor argumenta, sino quien mejor representa. Y cuando la percepción se rompe, la realidad —esa que no admite recursos ni aclaraciones— termina imponiéndose.
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