El caída de Maduro y su impacto en la política de Latinoamérica
La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará marcada como un punto de inflexión en la historia geopolítica de América Latina. En una operación militar sin parangón desde la invasión de Panamá en 1989, Estados Unidos atacó objetivos estratégicos en Venezuela, y según el presidente Donald Trump, capturó al mandatario venezolano Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, sacándolos del país.

Más allá de la espectacularidad de la escena —aviones, explosiones, anuncios virales y la imagen de Maduro a bordo de un buque estadounidense— el gesto trae consigo una pregunta incómoda: ¿qué implica para la región y para el propio lenguaje de la política exterior que un presidente sea depuesto por la fuerza por otra nación?
Trump y Maduro siempre representaron dos polos opuestos de la narrativa hemisférica. Para Trump, el líder venezolano no era solo un adversario ideológico: era el símbolo de un “narcoterrorismo” que inundaba de drogas a Estados Unidos, un usurpador de la voluntad popular y un obstáculo geopolítico que debía caer. Su administración elevó repetidamente la recompensa por su captura, señalándolo como centro de una red criminal global.
Maduro, por su parte, encarnó durante más de una década la resistencia del chavismo ante la presión y las sanciones de Washington. Sus aliados lo veían como la avanzada de un modelo político que combatía la hegemonía estadounidense en la región. Aunque sus opositores lo describían como un dictador, su permanencia en el poder también fue la expresión de una realidad compleja de lealtades internas, desgaste institucional y polarización política.
La captura anunciada no nace de un vacío: se produce después de años de sanciones, recompensas masivas, acusaciones judiciales en Nueva York y una abierta política de Trump que insistía en responsabilizar a Maduro por narcotráfico, corrupción y migración forzada.
El presidente Trump describió la operación como una muestra de “fuerza y competencia”, al tiempo que anunció que Estados Unidos “controlará Venezuela hasta una transición segura”. Este último punto es crucial: no se trató solo de capturar a un individuo, sino de fijar un nuevo estilo de intervención directa, algo que no se veía desde el final de la Guerra Fría.
La respuesta regional ha sido tajante y dividida. Gobiernos como los de Cuba, Colombia y muchos países del Caribe denunciaron la intervención como una violación flagrante de la soberanía. Por el contrario, líderes de la derecha latinoamericana aplaudieron el derrocamiento de Maduro como un avance hacia la estabilidad y la lucha contra el crimen organizado.
Una parte de la narrativa oficial estadounidense sostiene que esta acción responde a una causa justa: llevar ante la justicia a quien ha sido acusado de narcotráfico y violaciones de derechos humanos. Sin embargo, ese argumento coexiste con intereses menos declarados y mucho más estratégicos: el acceso y control indirecto de recursos petroleros, la reconfiguración de un aliado económico y la restauración de la influencia en un país que, durante el chavismo, desafió sistemáticamente los dictados de Washington.
La captura de un jefe de Estado por fuerzas extranjeras no solo rompe con la tradición diplomática contemporánea —que reconoce la soberanía como principio básico de las relaciones internacionales— sino que abre una grieta peligrosa: la legitimación del uso de la fuerza para imponer un cambio de régimen. La historia muestra que estas operaciones rara vez terminan con una estabilidad duradera; en muchos casos, desencadenan ciclos de resistencia armada, vacíos de poder y rupturas civiles prolongadas.
Para América Latina, el episodio representa un punto de inflexión. Por un lado, algunos sectores —especialmente opositores al chavismo— ven en la caída de Maduro la posibilidad de un nuevo comienzo, con reconstrucción institucional y fin del autoritarismo. Por otro, el precedente es alarmante: si una potencia puede derrocar a un líder, podría hacerlo con cualquier otro, bajo la justificación de seguridad nacional, lucha contra el narcotráfico o defensa de derechos humanos.
Los gobiernos de la región enfrentan ahora un dilema: defender el principio de no intervención, pilar de la Carta Democrática Interamericana, o aceptar la lógica de la fuerza como herramienta legítima en la geopolítica. Colombia, por ejemplo, ha expresado su preocupación por la escalada y ha activado operaciones humanitarias en la frontera, mientras que países como Cuba y otros aliados de Venezuela hablan de “terrorismo de Estado”.
La transición que Trump promete está lejos de ser automática. Venezuela enfrenta hoy no solo una crisis política, sino también una fractura institucional profunda, con un liderazgo desarticulado, fuerzas armadas divididas y una población exhausta por décadas de hiperinflación, migración masiva y represión interna. El vacío de poder puede abrir espacios a nuevos liderazgos, pero también a violencia, fragmentación y externalización de conflictos.
Además, cualquier intento de reconstrucción que ignore al pueblo venezolano, sus organizaciones sociales, sus necesidades económicas y sus memorias colectivas estará destinado a repetir ciclos de dependencia e imposición externa.
Si este episodio quedará en los libros de historia como justicia legítima o como un acto de hegemonía no depende únicamente de lo que ocurra en Caracas o en Mar-a-Lago. Depende de cómo reaccionen las instituciones multilaterales, cómo interpreten los países de la región el principio de soberanía, y, sobre todo, cómo se escuche la voz de los pueblos que han sufrido décadas de crisis.
La captura de Maduro por fuerzas estadounidenses no cierra un capítulo; abre un ensayo sobre el futuro del derecho internacional, la soberanía regional y la manera en que se ejerce el poder en el continente. En este nuevo escenario, América Latina debe elegir si seguirá siendo campo de batalla de intereses globales o si podrá, por fin, encontrar caminos de autonomía, diálogo y respeto mutuo.
En ese mandato, la memoria histórica —de Venezuela y de toda la región— será la brújula más firme.

Share this content:






