La unidad de las izquierdas
Celestino Cesáreo Guzmán
La presencia de dirigencias del PRD de la Ciudad de México, Zacatecas, Hidalgo, Oaxaca, Morelos, Tlaxcala y Michoacán en Guerrero este domingo no fue un gesto menor. Fue trazar ruta para los meses y años que vienen para el movimiento de izquierda.
El encuentro se realizó en un momento en el que los trece PRD estatales enfrentan una disyuntiva de fondo: reorganizarse, unificarse desde la convicción o diluirse por cálculo. En ese contexto, Guerrero vuelve a ocupar un lugar central, no sólo por su peso histórico, sino por lo que representa políticamente.
En el mensaje de bienvenida que pronuncié, reafirmé que Guerrero no es una tierra neutra ni indiferente, y recordé que su historia política está marcada por una vocación profunda de cambio democrático.
Aquí, las conquistas no llegaron por decreto ni por concesión graciosa del poder; se construyeron con organización social, con sacrificio y, muchas veces, con costos humanos elevados. Esa memoria colectiva explica por qué en Guerrero la política no se vive como trámite, sino como disputa por la dignidad.
Debemos reconocer que existe una deuda histórica con los movimientos sociales, con los pueblos indígenas y afromexicanos, con el campesinado, con las mujeres y con las juventudes. Y que esa deuda no se salda con discursos ni con acuerdos cupulares, sino con proyectos que amplíen derechos y transformen realidades. Desde esa lógica, la discusión sobre la unidad de las izquierdas no puede reducirse a una operación electoral.
La unidad, desde una visión de largo plazo, no es renuncia ni subordinación. El PRD sostiene con claridad que sí cree en la unidad de las izquierdas y que sí apuesta por la alianza como instrumento de transformación. Pero también establece un límite político: la alianza debe ser producto de la fortaleza, no refugio ante la debilidad. Cuando las alianzas se construyen para esconder carencias, terminan vaciando de contenido a los partidos y decepcionando a la ciudadanía. El respeto, la solidaridad y la fraternidad deben prevalecer.
Guerrero necesita una alianza que sume luchas, no que borre identidades; que amplíe derechos, no que los administre; que fortalezca las aspiraciones legítimas del pueblo suriano y no los cálculos de corto plazo. La izquierda que demanda el estado no es una izquierda que se diluye en el ejercicio del poder, sino una izquierda con carácter, claridad y proyecto, que los lleve a la práctica para el bien de Guerrero.
En ese sentido, el PRD reivindica su identidad. No como nostalgia, sino como memoria política activa. Es un partido que nació para abrir la democracia cuando parecía imposible; que enfrentó al autoritarismo cuando hacerlo implicaba persecución, cárcel o muerte; que colocó la justicia social, las libertades y los derechos en el centro del debate nacional antes de que se volvieran discurso común. Origen es destino.
Por eso, el PRD no es un partido del pasado. Es una fuerza con estructura, con territorio y con conciencia social. No pide permiso para existir ni para participar en la vida política. Su razón de ser es proponer una ruta clara en el ejercicio del poder y en la construcción democrática.
El reto inmediato es interno y territorial. La toma de protesta de nuevas dirigencias municipales no es un acto protocolario, sino el inicio de una etapa que exige organización, unidad y trabajo político de base. Abrir las puertas del partido, evitar sectarismos y convocar a todas y todos los que quieran un Guerrero mejor es una condición indispensable para recuperar confianza y competitividad.
De cara a 2027, el mensaje es claro: el PRD está de pie. Con carácter, con convicción y con la decisión de honrar sus luchas y defender sus causas. Sólo así podrá estar a la altura de un pueblo que no espera simulaciones, sino coherencia política y compromiso real con la justicia. Veremos.
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