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Las mujeres sí pueden

Las mujeres sí pueden

Guerrero no vive una sola situación problemática. Vive varias al mismo tiempo. Y ese es, quizá, el dato más relevante para entender el momento político actual.

El Guerrero de hoy es el de ayer, el de mañana, el de siempre, arisco, levantisco, con justificadas razones. Y no, no “es Disneylandia”, diría el ex gobernador Juárez Cisneros (qepd).

En un mismo día pueden convivir bloqueos magisteriales en la Autopista del Sol, operativos de seguridad en la Montaña, protestas por falta de servicios médicos en Acapulco, tensiones en el transporte público y, al mismo tiempo, la antesala de una disputa electoral que ya dejó de ser rumor para convertirse en tema cotidiano. 

No es una suma de problemas aislados; es una superposición de presiones que ponen a prueba a Evelyn Salgado, su capacidad de gobernar en un territorio históricamente complejo. Y la nave va, porque las mujeres sí pueden.

img_5040 Las mujeres sí pueden

El regreso de la CETEG a las calles no es un hecho menor. No se trata sólo de una protesta más. Es la reaparición de un actor que sabe cómo incidir en la agenda pública y que entiende el valor político de la presión territorial. Cuando el conflicto educativo escala a bloqueos carreteros, toma de oficinas y presencia en las principales ciudades, deja de ser un asunto sectorial y se convierte en un desafío directo a la gobernabilidad. No porque el Estado pierda control, sino porque se le exige demostrar, una vez más, que puede administrar el conflicto sin que escale.

En paralelo, la seguridad vuelve a colocarse como eje sensible. La detención de liderazgos en la Montaña, los operativos en Xaltianguis y las acciones de las fuerzas federales envían una señal clara: hay presencia del Estado, hay reacción, hay decisiones. 

Pero Guerrero no es un territorio donde la acción institucional se traduzca automáticamente en percepción de estabilidad. Ahí radica la complejidad. Se actúa, pero al mismo tiempo persisten las desapariciones, la violencia contra mujeres y las tensiones en el transporte público. Es una ecuación donde la autoridad se ejerce, pero la confianza todavía se construye.

A esto se suma una presión menos visible, pero igual de delicada: la de los servicios públicos. Retrasos en tratamientos médicos, protestas de trabajadores, exigencias acumuladas. No generan el impacto inmediato de un bloqueo carretero, pero sí erosionan de manera constante la percepción de eficacia institucional. Y en política, la erosión silenciosa suele ser más peligrosa que el conflicto abierto.

Acapulco, por su parte, sintetiza todas estas tensiones. El puerto muestra signos de reactivación —eventos internacionales, inversión, actividad económica—, pero al mismo tiempo arrastra problemas estructurales: comercio informal desbordado, dificultades en el sistema de agua, transporte intermitente. Es el espejo más claro de Guerrero: un territorio que avanza, pero con fragilidades que no se pueden ocultar.

En medio de este escenario, la política no se detiene. Morena entra en una fase de competencia interna cada vez más evidente. La discusión ya no es si habrá disputa, sino bajo qué reglas se procesará. Beatriz Mojica e Iván Hernández se perfilan, mientras Félix Salgado es excluido de la encuesta de Demotecnia. ¿Alguna señal con ello? Tal vez.

El PRI intenta recomponerse, el PRD busca reposicionarse sin romper del todo, y la conversación sobre encuestas, renuncias y unidad comienza a ocupar espacios que antes estaban reservados para la gestión pública.

En este tablero complejo, hay un elemento que suele pasar desapercibido: la estabilidad relativa que se mantiene pese a todo. Gobernar Guerrero nunca ha sido administrar la calma, sino evitar que las tensiones se desborden. Y en ese sentido, el equilibrio que hoy se sostiene no es producto de la inercia, sino de una conducción que ha optado por no sobrerreaccionar, por mantener abiertos los canales institucionales y por administrar los conflictos sin convertirlos en rupturas mayores.

La gobernabilidad en Guerrero no se construye con discursos triunfalistas ni con negaciones de la realidad. Se construye, día a día, en la capacidad de procesar conflictos, de contener presiones y de avanzar, incluso en medio de la adversidad. No es una tarea que se resuelva en titulares, sino en decisiones constantes, muchas veces discretas, que evitan que el estado cruce líneas de mayor inestabilidad.

Ese es el punto de fondo: Guerrero está bajo presión, sí. Pero no está fuera de control. Y en un contexto donde todo parece tensarse al mismo tiempo, sostener ese equilibrio ya es, en sí mismo, una forma de gobernar.

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