Fracking en México

En México, el debate sobre el fracking está entrando en una nueva etapa.
Está tecnología se aplica en muchos países modernos del mundo.
Lo que antes era un rechazo absoluto, hoy se transforma en una discusión más técnica y estratégica: ¿puede el país aprovechar sus recursos energéticos sin comprometer el medio ambiente?
La realidad es contundente. México importa cerca del 75% del gas natural que consume, principalmente de Estados Unidos.
Eso no solo implica una alta dependencia energética, sino también una vulnerabilidad económica.
Cualquier cambio en precios, tensiones comerciales o decisiones políticas del exterior impacta directamente en la industria, en la generación eléctrica y, en consecuencia, en el bolsillo de los mexicanos.
Por eso, el gobierno federal ha abierto la puerta a evaluar el fracking bajo criterios científicos.
La creación de un comité con expertos de la UNAM y el Instituto Politécnico busca responder una pregunta clave: si es posible desarrollar tecnologías de menor impacto ambiental que permitan explotar el gas no convencional sin repetir los errores del pasado.
El incentivo económico es claro. Incrementar la producción nacional de gas podría reducir costos de energía, fortalecer la competitividad industrial y atraer inversiones. Basta ver el caso de Estados Unidos, donde el fracking permitió abaratar el gas, impulsar su sector manufacturero y generar miles de empleos.
México se encuentra en una encrucijada. No se trata de elegir entre desarrollo económico o protección ambiental, sino de encontrar un equilibrio viable. La discusión sobre el fracking ya no es ideológica, es estratégica: cómo garantizar soberanía energética sin hipotecar el futuro ambiental del país.
Ese será, sin duda, uno de los debates más relevantes de los próximos meses.
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