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René Juárez Cisneros gobernó sin «alharaca y con los pies en la tierra»

René Juárez Cisneros gobernó sin «alharaca y con los pies en la tierra»

Enfoque
Carlos Díaz Figueroa

A cinco años de su partida física, evocar a René Juárez Cisneros no es un ejercicio de nostalgia protocolaria, sino de rigurosa justicia política, de aquella visión alcanzable y determinante para gobernar el estado de Guerrero

En tiempos donde el servicio público suele practicarse desde la comodidad de las pantallas y los gabinetes blindados, recordar a un político de terracería de relevancia mayúscula, sin medirse en un ejercicio de competencia simuladora.

René fue un hombre de origen sencillo. Acapulqueño de raíz, estudiante en Chilpancingo, de gustos tan cotidianos como cenar unos tacos con consomé y huevos recocidos acompañado de su inseparable amigo Miguel Mayrén Domínguez

Pero su mayor divisa no estaba en los cenáculos del poder, sino en la calle. Antes de gobernar Guerrero, recorrió el estado como pocos y conoció el sacrificio desde abajo: él mismo presumía haber trabajado como peón de pico y pala.

Lo anterior en aquel entonces en la antigua Secretaría de Obras Públicas. Esa bota pisada le otorgó un diagnóstico propio, visceral y enciclopédico de las necesidades, los rostros y los dolores desde el origen de las causas en las regiones de la entidad.

Para entender el contexto que le tocó administrar, hay que mirar el tablero previo. Su gestión recogió y consolidó los esfuerzos de una época dorada de infraestructura impulsada por la dupla de José Francisco Ruiz Massieu y Carlos Salinas de Gortari.

Fue gracias a esa visión de alcance que Acapulco irrumpió en las grandes ligas de la inversión nacional y extranjera con la Autopista del Sol y el boom inmobiliario a través de hacer buena política de gestión, tocando puertas en la federación.

A René le tocó administrar los contrastes de ese Guerrero que aspiraba a la modernidad, de frente con los rezagos históricos brutales con un estilo inconfundible, sin alharaca, en atención a lo diverso, aproximar lo distante y conciliar la diferencia*.

Las anécdotas de su paso por el poder retratan ese pragmatismo humanista. Cuando una comunidad se le acercaba a exponerle una necesidad urgente, René no los mandaba a perderse en el laberinto de la burocracia.

Volteaba a ver a su secretario de Finanzas, Rafael Taruffi Acevedo, y operaba con una lógica de calle implacable. Si la obra costaba un millón de pesos, ordenaba: «Dales un millón doscientos mil». Y razonaba sin cinismo pero con absoluto realismo.

A lo referente, siempre habría mermas; y para evitar que alguien sacrificara la calidad de la obra, prefería «darles copeteado» por si alguien en el camino se chingaba algo, era de palabra y de honor: exigía a la gente que cuidara la obra.

Ese era el Gobernador René Juárez Cisneros. Un tejedor de acuerdos importantes que entendía que el presupuesto público no es un fin en sí mismo, sino un instrumento para hacer la vida de la gente un poco menos pesada y digna.

A cinco años de su ausencia, su figura se agiganta como la de un gobernante que entendía el poder no como privilegio, sino como oficio de cercanía, congruencia y territorio de cara a las necesidades más desprotegidas de la población.

Gracias por adoptarme como un verdadero amigo con esa confianza y respeto que siempre recibí de usted un abrazo fraterno hasta el cielo

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