La lealtad también tiene territorio
José Luis Méndez Rodríguez
La iniciativa de la presidenta Claudia Sheinbaum para establecer mayores requisitos a quienes aspiren a gobernar el país o una entidad federativa —entre ellos, evitar que quienes lleguen a esas posiciones mantengan una doble nacionalidad— abre una discusión que va más allá de los requisitos legales: la importancia de tener claramente definida la lealtad, el compromiso y la pertenencia de quien pretende ejercer el poder público.
Y aunque una doble nacionalidad no es jurídicamente comparable con haber nacido en un estado y desarrollar la vida política en otro, el principio ético puede trasladarse a otro terreno: ¿qué tan legítimo es pretender representar políticamente a una sociedad cuando toda una trayectoria pública se ha construido en otra demarcación y solamente se regresa al lugar de origen cuando aparece una oportunidad electoral?
Guerrero ofrece ejemplos que permiten distinguir perfectamente una cosa de la otra.
Zeferino Torreblanca, originario de Jalisco, hizo su vida en Guerrero. En Acapulco construyó su trayectoria empresarial, social y política; fue alcalde, diputado federal y posteriormente gobernador de Guerrero. Nunca necesitó regresar a Jalisco para buscar un cargo de elección popular. Su origen fue jalisciense, pero su vida, sus responsabilidades y su compromiso político estuvieron en Guerrero.
Lo mismo puede decirse de Abelina López Rodríguez, nacida en Oaxaca y llegada muy joven a Guerrero. Toda su trayectoria política se ha desarrollado en esta entidad: regidora, diputada local, diputada federal y presidenta municipal de Acapulco. Su acta de nacimiento dice Oaxaca; su historia política dice Guerrero.
El contraste resulta inevitable con Esthela Damián Peralta. Nació en Chilpancingo, sí, pero prácticamente toda su trayectoria política y administrativa se desarrolló en la Ciudad de México.
Fue en el entonces Distrito Federal donde construyó su carrera: dos veces diputada de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, diputada federal por el Distrito 9 del DF, diputada de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México, candidata a jefa delegacional en Venustiano Carranza y funcionaria en diversas áreas de la administración capitalina.
Es decir, mientras quienes nacieron fuera de Guerrero hicieron aquí su vida y construyeron aquí sus carreras, en el caso de Esthela Damián ocurrió exactamente lo contrario: nació en Guerrero, pero construyó su trayectoria política lejos de Guerrero.
Y aquí es donde aparece la pregunta que no debería incomodar a nadie: ¿el lugar de nacimiento basta para acreditar el arraigo político?
Porque una cosa es tener raíces familiares o haber nacido en determinado lugar, y otra muy distinta es haber compartido durante años los problemas, las luchas, las necesidades y las aspiraciones de la sociedad que se pretende gobernar.
El arraigo no debería reducirse a una credencial de elector, un acta de nacimiento, una fotografía junto a los paisanos o disque bailando La Iguana. El arraigo se construye estando presente.
Y resulta inevitable recordar que Guerrero ha atravesado en los últimos años algunas de las crisis más dolorosas de su historia reciente: huracanes devastadores, inundaciones, desplazamientos, emergencias sociales y enormes necesidades en sus distintas regiones. Durante esos momentos difíciles, quienes hoy buscan convertirse en referentes políticos de los guerrerenses deberían poder mostrar también dónde estuvieron y qué hicieron por sus paisanos. Esthela Damián estaba en posición de poder hacer mucho y no lo hizo, no estuvo después de Otis, no estuvo después de Jhon, no estuvo después de Erick…tuvo la oportunidad de demostrar su amor por los guerrerenses y…se le pasó.
Porque el compromiso no debería aparecer cuando aparece una candidatura.
Nadie cuestiona que una persona nacida en Guerrero pueda hacer su vida profesional o política en otra entidad. Eso es completamente legítimo. Lo que sí puede cuestionarse, desde una perspectiva ética, es pretender que el lugar de nacimiento sustituya décadas de ausencia política, o asumir que basta con regresar cuando existe una posibilidad electoral para reclamar una representación que nunca se construyó en el territorio.
En política, como en la vida, la congruencia cuenta.
Zeferino Torreblanca no necesitó regresar a Jalisco para buscar la gubernatura de su estado natal. Abelina López no necesitó ir a Oaxaca para construir una candidatura. Ambos demostraron que el origen no impide construir pertenencia en otra tierra.
La diferencia está en que ellos no confundieron el lugar donde nacieron con el lugar donde decidieron servir.
Por eso, si la discusión nacional empieza a plantear que quien aspire a gobernar debe tener una definición clara respecto de su lealtad, también sería saludable que en la política local nos preguntáramos algo parecido: ¿dónde estuvo el aspirante cuando no había una candidatura?, ¿dónde construyó su trayectoria?, ¿dónde enfrentó las crisis?, ¿dónde acompañó a la gente cuando no necesitaba sus votos?
Porque gobernar no debería ser un premio al origen ni una consecuencia de la oportunidad.
Gobernar es asumir una responsabilidad con una sociedad. Y esa responsabilidad exige algo que ningún documento puede acreditar por sí solo: congruencia, arraigo y compromiso.
Al final, quizá la pregunta más incómoda no sea dónde nació un político, sino dónde estuvo cuando su tierra lo necesitaba.
Porque hay quienes nacieron en Guerrero y eligieron servir en Guerrero.
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