La guerra sucia que Morena no debería permitirse
Enrique Jáuregui
En Guerrero, la guerra sucia parece estar desbordándose al interior de los grupos morenistas que buscan encabezar la Coordinación Estatal en Defensa de la Soberanía y la Transformación. Y hay algo que deberían entender quienes están detrás de esta disputa: los ataques internos no debilitan al adversario al que pretenden golpear; terminan debilitando al propio movimiento.
Morena no solo enfrenta cuestionamientos de la oposición o presiones provenientes del exterior. Hoy tiene un problema más peligroso: la lucha por el poder dentro de sus propias filas. Cuando la ambición por una posición política comienza a colocarse por encima del proyecto colectivo, la división deja de ser una estrategia y se convierte en una amenaza.
Lo paradójico es que mientras algunos morenistas se desgarran las vestiduras entre acusaciones, descalificaciones y golpes políticos, quienes están enfrente particularmente la derecha observan y ríen. No necesitan hacer demasiado cuando el partido en el poder parece dispuesto a hacerse daño a sí mismo.
El episodio más reciente tuvo como blanco a la senadora con licencia Beatriz Mojica Morga, mediante señalamientos que pretendieron vincularla con información relacionada con Ayotzinapa y los estudiantes normalistas desaparecidos.
Y aquí hay un límite que ninguna disputa política debería cruzar: Ayotzinapa no puede convertirse en munición electoral.
Y si eventualmente se comprobara que estos ataques provienen de alguno de los grupos que hoy disputan el liderazgo dentro de Morena, el daño no recaería únicamente sobre quien fue señalado. El verdadero costo político lo pagaría quien haya decidido utilizar una herida tan profunda de Guerrero como instrumento de una pelea interna.
La pregunta, entonces, no es quién gana esta guerra sucia.
La pregunta es qué quedará de Morena después de ella.
Porque las verdaderas campañas electorales todavía no comienzan. Y un movimiento dividido, enfrentado y consumido por sus propias ambiciones llegará mucho más débil a esa batalla.
A veces, el peor enemigo no está enfrente.
Está sentado en la misma mesa.
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