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Erika Guillén: el poder no pertenece a quien lo ocupa; pertenece al pueblo

Erika Guillén: el poder no pertenece a quien lo ocupa; pertenece al pueblo

Chilpancingo, Gro., 13 de septiembre de 2026.— Desde la tribuna donde Guerrero recuerda el nacimiento de una de las primeras instituciones políticas de la Nación, la diputada Erika Isabel Guillén Román pronunció un discurso sobre Morelos que terminó hablando del presente: del poder, de sus límites y, especialmente, de la responsabilidad de quienes lo ejercen.

No fue solamente una evocación de hace 213 años.

Al hablar a nombre de la Sexagésima Cuarta Legislatura durante la Sesión Pública y Solemne por el aniversario de la instalación del Primer Congreso de Anáhuac y la entrega de la Presea “Sentimientos de la Nación”, la presidenta de la Mesa Directiva colocó en el centro una premisa con resonancia política: ganar el poder no basta; hay que saber qué hacer con él.

“No basta con conquistar la libertad; hay que saber qué hacer con ella”, sostuvo.

La frase encontró eco en un Congreso que, como toda institución política, es escenario de diferencias, acuerdos, mayorías y minorías. Precisamente ahí, Guillén Román recordó que Morelos entendió antes de que existiera plenamente la República que ninguna transformación podía depender exclusivamente de la voluntad de una persona.

Había que construir instituciones. Porque la libertad sin reglas podía volver a convertirse en tiranía y porque el poder sin límites podía terminar colocándose por encima de la voluntad popular.

La legisladora reconstruyó así el tránsito histórico ocurrido en Chilpancingo: la insurgencia comenzó a transformarse en constitucionalismo; la rebelión, en instituciones; y la lucha por la Independencia empezó a definir el modelo de Nación que pretendía surgir después de la guerra.

Pero el discurso cambió de tiempo cuando Guillén Román habló de virtud. Entonces Morelos dejó de ser solamente personaje histórico y se convirtió en parámetro para medir a la política contemporánea.

“Nuestra vida pública necesita encontrar en la virtud una forma de ética”, afirmó.

Y enseguida puso sobre la mesa una definición que toca directamente a quienes ejercen responsabilidades públicas: un cargo no pertenece a quien temporalmente lo ocupa.

La expresión adquirió mayor dimensión por provenir de quien encabeza la Mesa Directiva y ostenta la representación institucional del Poder Legislativo. Desde esa posición, Guillén Román reivindicó una concepción del poder alejada de la apropiación personal de las instituciones.

El cargo es temporal. La institución permanece.

También sostuvo que ejercer autoridad no significa poseer la verdad y que el interés colectivo debe colocarse por encima del beneficio personal. Fue, en el fondo, una defensa de los contrapesos, del diálogo y de la responsabilidad pública frente a cualquier intento de convertir una posición institucional en patrimonio político.

En un estado con una historia marcada por intensas disputas por el poder, el planteamiento tuvo una lectura inevitable: las instituciones no tienen dueño.

Morelos había escrito que la soberanía dimana inmediatamente del pueblo. Doscientos trece años después, Guillén Román recuperó ese principio para recordar que quienes gobiernan, legislan o representan instituciones reciben una responsabilidad, no una propiedad.

Por eso, cuando llegó el momento de hablar de la Presea “Sentimientos de la Nación”, recuperó otra expresión cargada de significado: Siervo de la Nación.

Morelos, recordó, pudo reclamar honores y títulos, pero eligió definirse desde el servicio. “La grandeza no consiste en servirse del pueblo, sino en servir al pueblo”, sentenció.

Ahí quedó condensada la parte más política de su intervención.

La legitimidad no proviene únicamente del cargo. Tampoco del protocolo, de la mayoría parlamentaria o de una posición de autoridad. Se construye en la manera en que se utiliza el poder y en la capacidad para reconocer que éste tiene límites.

Guillén Román extendió esa responsabilidad a los más de 3.6 millones de guerrerenses y definió la Presea como “la memoria convertida en compromiso”.

La frase permitió cerrar el círculo iniciado con Morelos.

Porque recordar el Congreso de Anáhuac solamente como episodio histórico reduciría la dimensión de lo ocurrido en Chilpancingo en 1813. Aquellos insurgentes no estaban pensando únicamente en independizar un territorio; estaban intentando responder una pregunta que sigue vigente: ¿cómo debe ejercerse el poder después de conquistarlo?

Morelos respondió con soberanía popular, división de poderes, igualdad, derechos y límites a la autoridad.

Guillén Román llevó esa respuesta al presente.

“Heredamos sus palabras y sus responsabilidades. Nos corresponde ahora demostrar que somos dignos de ambas”, expresó.

Así, desde la representación del Congreso de Guerrero, la diputada dejó una definición que trascendió la ceremonia: el poder público es temporal, las instituciones están por encima de quienes las ocupan y ninguna autoridad puede olvidar que su razón de ser está en servir al pueblo.

En Chilpancingo, 213 años después, los Sentimientos de la Nación volvieron a funcionar como espejo de la política.

Y frente a ese espejo, el mensaje de Erika Guillén fue claro: el poder no se posee; se ejerce, se limita y se devuelve al pueblo convertido en servicio.

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