Centro Morelos, ACNUR y la CEAV visitaron a desplazados de pueblos de Chilapa
• Relatan a los organismos de derechos humanos que viven en condiciones más deplorables que antes de los ataques de mayo
• Piden la certeza de que no habrá más ataques similares
Interacción
A cuatro meses de los ataques registrados en la zona rural de Chilapa, el Centro de Defensa de los Derechos Humanos “José María Morelos y Pavón”, junto con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la Comisión Estatal de Atención a Víctimas (CEAV) visitaron a las víctimas de Desplazamiento Forzado Interno en las comunidades nahuas de Tula y Xicotlán.
En un comunicado emitido la tarde del viernes 16 de octubre, se conisgna que la visita se realizó el pasado 13 de octubre.
La reunión se realizó en Tula, donde asistieron 16 madres de familia que mencionaron que, a pesar de que hay patrullas de la Guardia Nacional (GN) y la policía del Estado en la zona, todavía persiste el temor de que los hechos violentos se repitan.
Admiten que regresaron a sus casas, “pero ya no es lo mismo porque nos da miedo ir al campo a ver nuestra milpa y caminar por el cerro”.
Después de que la integrante del ACNUR preguntara sobre las necesidades que permanecen tras su retorno, las familias señalaron que la falta de recursos económicos y la seguridad son un gran problema.
En ese contexto, Teodomira Rosales Sierra, directora del Centro Morelos, les indicó que es necesario que sean registradas como víctimas para que puedan recibir un apoyo mensual y gestionar proyectos productivos.
Explicó que para registrarse como víctimas, es necesaria una denuncia, pero las madres de familia señalaron que las autoridades que acudieron a atenderlas después de los ataques, solamente las registraron en una lista y les dijeron que tendrían que ir por sus propios medios hasta Acapulco para hacer las denuncias, sin importarles su condición económica y la seguridad.
El representante de la CDPIM informó que cubrieron algunas necesidades de vivienda, electricidad, seguridad somera y alimentación para que las familias regresaran.
El representante de la CEAV mencionó que les repartieron 50 litros de maíz y por órdenes de la presidenta Claudia Sheinbaum continuarán dándoles un bulto cada mes, pero aclaró que eso alcanza solo para una familia de tres personas, si son más, tienen que comprar una carga de 288 kilos que les dure dos meses, y cuesta como dos mil pesos.
A pesar de que en Tula la CEAV entregó enseres domésticos, ropa y artículos de higiene personal, las familias insistieron en que lo que más apremiante es la certeza de que ya no habrá más violencia.
Una de las asistentes dijo que “ya pasaron cuatro meses y no he visto en las noticias que agarren a los delincuentes”.
Las demás mujeres la secundaron molestas porque en la comunidad todavía faltan 8 familias por retornar a sus hogares y las condiciones de vida son más deplorables que antes
de la agresión de mayo.
En esa parte recordaron que la localidad sólo cuenta con un jardín de niños, una primaria y no hay servicio médico, para atenderse tienen que caminar más de una hora a Xicotlán o Alcozacán.
Además, se quedaron sin transporte público y las urvan de Hueycantenango les niegan el servicio.
Las madres de familia pidieron a las autoridades presentes una urvan y un chofer que pueda llevarlas a comprar víveres y para emergencias médicas, pero los funcionarios permanecieron sin respuesta.
La abogada Teodomira Rosales les informó que como víctimas de desplazamiento tienen derecho a la alimentación, la seguridad, vivienda digna y a la reparación del daño, sobre todo porque se trata de un pueblo indígena.
Durante la plenaria las asistentes respondieron que sus actividades culturales y religiosas también habían sido trastocadas. Lo peor de todo es que las niñas y niños viven con mucho miedo, “mi hija cada vez que oye un ruido fuerte quiere salir corriendo porque dice ‘ya vienen los malos, vámonos’, o cuando ve que las patrullas de la guardia nacional se van piensa que van a entrar los delincuentes y me avisa rápido para salirnos [de Xicotlán]”, contó con profunda preocupación una señora.

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