El arraigo no se improvisa
José Luis Méndez
Las campañas internas suelen exhibir las fortalezas de los aspirantes, pero también terminan revelando sus principales debilidades. Y eso parece estar ocurriendo con Esthela Damián Peralta en su búsqueda por convertirse en la coordinadora estatal de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Guerrero.
Hay un detalle que difícilmente pasa inadvertido. En prácticamente cada encuentro con militantes y simpatizantes, es la propia aspirante quien reconoce que acude «para que la conozcan». La frase, repetida una y otra vez, termina por convertirse en el reconocimiento más claro de una realidad política: su nivel de conocimiento entre la población guerrerense sigue siendo limitado.
No se trata de cuestionar su trayectoria en la Ciudad de México ni las responsabilidades públicas que ha desempeñado. El debate está en otro lado. Gobernar Guerrero exige algo más que un currículum; requiere arraigo, presencia y un conocimiento profundo de un estado complejo y diverso.
Conocer Guerrero no significa haber nacido aquí. Significa haber recorrido durante años sus regiones, comprender las diferencias entre la Montaña, la Costa Chica, la Tierra Caliente, la Sierra o la Zona Norte; conocer de primera mano sus problemas, su cultura política y las necesidades particulares de sus 85 municipios.
Ese conocimiento no se adquiere en expedientes ni en informes. Se construye caminando el territorio.
Quizá por ello llama la atención la intensidad con la que se ha desplegado una estrategia de posicionamiento basada casi exclusivamente en hacer visible su imagen. Entrevistas, publicaciones constantes, videos, fotografías y una presencia permanente en redes sociales parecen responder más a la necesidad de ser identificada que a la construcción de un debate de fondo sobre el futuro de Guerrero.
Cuando el principal objetivo es que la gente conozca a un aspirante, inevitablemente el contenido termina cediendo espacio a la promoción personal.
Pero el aspecto más cuestionable ha sido la utilización de infraestructura urbana para colocar propaganda política. En distintos puntos de Acapulco, particularmente sobre la Costera Miguel Alemán y otras vialidades principales, han aparecido pegatinas y pintas con su nombre e imagen, una práctica que durante años fue asociada con las viejas formas de hacer política y que parecía haber quedado atrás.
Más allá del impacto visual, el hecho abre otro debate: el respeto a las reglas. Morena ha establecido lineamientos para sus procesos internos y las autoridades estatales y municipales cuentan con normas para proteger la imagen urbana y evitar el uso indebido del mobiliario público.
Cuando un aspirante decide ignorar esos límites en nombre del posicionamiento político, el mensaje resulta contradictorio con el discurso de transformación.
No deja de ser paradójico que un movimiento que surgió prometiendo erradicar las prácticas del viejo régimen enfrente ahora conductas que evocan justamente aquellas campañas donde se tapizaban postes, puentes y mobiliario urbano con propaganda política.
La transformación también pasa por la forma de hacer política.
El arraigo no puede sustituirse con publicidad. La cercanía con la gente no se compra con campañas intensivas de difusión. Y el respeto por Guerrero empieza, precisamente, por respetar sus espacios públicos.
Porque si para darse a conocer se está dispuesto a pasar por encima de reglas y disposiciones legales, la pregunta inevitable es qué podría esperarse cuando las decisiones tengan un impacto mucho mayor.
En política hay cosas que la propaganda puede acelerar, pero hay una que jamás podrá fabricar: el sentido de pertenencia.
Share this content:






