El nuevo árbitro de Morena en Guerrero
La figura del delegado nacional de Morena no suele llamar la atención de la ciudadanía porque no aparece en la boleta ni compite en las encuestas. Sin embargo, su peso para la clase política es absoluto. En pasados procesos clave como los de Veracruz, Jalisco, Puebla o el Estado de México, la experiencia demostró que el enviado del centro no llega de paseo: desembarca para meter en cintura a las facciones locales y subordinar las ambiciones de los cotos de poder a la estrategia del Comité Ejecutivo Nacional.
En el papel, sus tareas abarcan desde la organización territorial hasta la mediación de conflictos. No “palomea” candidaturas, pero moldea el terreno donde se amarran o se rompen las alianzas, de ahí que, la llegada de Irugami Perea a Guerrero no es un mero relevo administrativo; es una maniobra de alto riesgo.
Perea encuentra el rancho ardiendo. Nunca antes Morena había enfrentado en la entidad a tantos perfiles de peso disputándose el poder al mismo tiempo. A la efervescencia de este choque de trenes se suma el enredo por las reglas contra el nepotismo y la latente amenaza de una fractura irrecuperable. En este avispero, el delegado deja de ser un organizador partidista para convertirse en el árbitro de la dirigencia nacional.
Su desempeño definirá la legitimidad de la contienda. Si se amarra bien los pantalones y frena los abusos de los feudos locales, oxigenará la sucesión. Si comete el error de ladearse hacia algún grupo, el resultado nacerá muerto y bajo sospecha.
La señal del centro es tajante: la dirigencia asumió el mando directo de un estado estratégico para Morena y el Obradorismo. La incógnita ya no es si habrá sombrerazos en el estado, pues esos se reparten a diario en cada oportunidad por quienes aspiran a ocupar las Coordinaciones Territoriales, la gran duda es si Irugami tendrá la fuerza para hacer valer el reglamento sobre los cacicazgos que se sienten dueños del territorio.
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