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Guerrero: la sucesión adelantada

Guerrero: la sucesión adelantada

Celestino Cesáreo Guzmán

En Guerrero, la política ha entrado en una fase de anticipación peligrosa. La sucesión de 2027, que debería construirse con responsabilidad institucional y respeto a los tiempos legales, hoy se ha convertido en el eje dominante de la conversación pública, desplazando temas urgentes como la seguridad, el deterioro económico y los conflictos sociales que enfrenta la entidad.

No es un asunto menor. Cuando la política se adelanta, el gobierno se distrae de sus actividades sustantivas. Y cuando las instituciones se distraen, los problemas reales se agravan.

Hoy Guerrero vive una presión múltiple: violencia persistente, inconformidad por el encarecimiento del transporte y las casetas, tensiones en sectores clave como salud y educación, y una percepción creciente de desigualdad en el acceso a la justicia. Mientras tanto, el debate público se ha desplazado hacia la disputa interna de Morena, como si el estado pudiera darse el lujo de poner en pausa sus problemas. Nada más lejos de la realidad.

La sucesión ya no es un tema del futuro, es un tema del presente. Y eso, en sí mismo, es un síntoma de desorden político. Están más ocupados por el 2027 que por gobernar en 2026.

En este contexto, resulta particularmente visible la irrupción del rector Javier Saldaña en la escena sucesoria. No por su derecho a opinar, sino por el peso institucional que representa la Universidad Autónoma de Guerrero. Hace años que la UAGro no vivía un proceso tan largo de estabilidad y unidad interna. En esta etapa, la habilidad de Saldaña Almazán para adelantarse a los cambios en Casa Guerrero ha sido clave. Un piso de 50 mil votos universitarios es muy atractivo para cualquier partido político, y don Javier está en la cancha.

Desde la oposición, lo decimos con claridad: Guerrero necesita reglas claras rumbo a 2027; necesita competencia real, no simulación; necesita instituciones que arbitren con imparcialidad.

Y también necesita que quienes hoy gobiernan entiendan que su responsabilidad principal no es la sucesión, sino gobernar.

Porque mientras la clase política se adelanta, la violencia no espera, la economía no mejora por decreto y la inconformidad social sigue creciendo.

La pregunta de fondo es simple, pero contundente: ¿quién está gobernando Guerrero mientras se reparte el futuro?
Esa es la reflexión que debería incomodar. Veremos.

El telón de fondo
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El general de Pancho Villa, Felipe Ángeles, fue un militar de carrera, fiel representante del honor y la lealtad castrense. En 1919 murió como mueren los hombres que han decidido ser fieles a sus convicciones hasta el último aliento.

Estratega nato, experto en artillería, técnico en su formación y sensible en su trato con la tropa; siempre tuvo amplias simpatías en el Ejército.

Convencido de su causa, apoyó al presidente Madero y se hizo su amigo. Se negó a sumarse a quienes planeaban su derrocamiento. Y cuando Francisco I. Madero fue apresado junto a José María Pino Suárez, Ángeles corrió la misma suerte. Cuando los sacaron de la celda para fusilarlos, pidió correr la misma suerte que el presidente, pero Victoriano Huerta se negó.

Se fue a Francia y reapareció al lado de Venustiano Carranza, quien lo envió a apoyar a Pancho Villa, con quien entabló una relación de cercanía y amistad que hizo leyenda con la División del Norte. Le dio táctica y estrategia a un ejército más parecido a un huracán, bajo el mando de Francisco Villa, líder carismático y feroz.

Para el hidalguense, su historia no se mide solo en batallas ganadas, sino en la dignidad con la que enfrentó la derrota, en la lealtad que sostuvo aun en los momentos más adversos y en el valor sereno con el que miró de frente a la muerte.

Artillero de origen, general por mérito, revolucionario por conciencia, fue más que la mano derecha de Villa; fue un hombre de ideas, de principios y de una profunda humanidad en medio de la violencia de su tiempo.

Cuando se acercaba su fusilamiento, mediante un juicio de trámite, no pidió perdón a Venustiano Carranza, porque sabía que no había traicionado causa alguna; pidió, en cambio, que su muerte fuera digna, como digna había sido su vida.

Y en ese instante final, cuando el reloj marcó la hora y las armas apuntaron a su pecho, no se extinguió un hombre: nació un símbolo.

Porque hay decisiones —como las que marcan un antes y un después— que trascienden la vida misma, y la de Felipe Ángeles Ramírez fue una de ellas: elegir la honra sobre la rendición, la lealtad sobre la conveniencia y la historia sobre el olvido.

Hoy, un aeropuerto lleva su nombre. Pero más que un homenaje, es un recordatorio permanente de lo que significa servir con lealtad y convicción. Porque los hombres como él no mueren: trascienden, se convierten en ejemplo y terminan marcando el rumbo de todo un pueblo.

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