Del Azteca de Negrete al Estadio Ciudad de México de Raúl y Quiñones: México vuelve a creer 40 años después
Ciudad de México, 1 de julio de 2026.— Tuvieron que pasar cuatro décadas para que el futbol mexicano volviera a sentir esa emoción que parecía reservada para los libros de historia. La noche en que la Selección Mexicana derrotó 2-0 a Ecuador no solo significó el boleto a los octavos de final del Mundial 2026; representó el reencuentro con un sueño que había permanecido congelado desde 1986.
El Estadio Azteca, testigo de dos Copas del Mundo y de las gestas de Pelé y Maradona, volvió a convertirse en el escenario donde la ilusión mexicana se hizo presente. Más de 80 mil aficionados transformaron las tribunas en un solo grito de esperanza. Cuando Julián Quiñones abrió el marcador y Raúl Jiménez amplió la ventaja, el tiempo pareció detenerse. No era solamente un triunfo sobre Ecuador; era una victoria sobre cuarenta años de frustraciones, generaciones enteras que crecieron escuchando hablar de la famosa «maldición del quinto partido».
La memoria inevitable llevó a 1986. Aquel verano inolvidable, también con México como anfitrión, el equipo dirigido por Bora Milutinović venció 2-0 a Bulgaria en los octavos de final con un gol inmortal de Manuel Negrete —considerado por la FIFA como el mejor en la historia de los Mundiales— y otro de Raúl Servín. Ese triunfo llevó al Tri a disputar los cuartos de final frente a Alemania Federal, donde la eliminación llegó únicamente en la tanda de penales después de 120 minutos de resistencia. Fue la última vez que México se instaló entre los ocho mejores del mundo.
Después llegaron las heridas. Estados Unidos 1994, Francia 1998, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018 dejaron la misma historia: eliminaciones en la primera ronda de muerte súbita. En Qatar 2022 ni siquiera se superó la fase de grupos. El «quinto partido» dejó de ser una meta deportiva para convertirse en un símbolo nacional, en una conversación heredada de padres a hijos y en una deuda que parecía imposible de saldar.
Por eso el festejo fue distinto. No hubo únicamente abrazos entre los jugadores; hubo lágrimas en las tribunas, familias completas cantando el Himno Nacional y una afición que volvió a creer que la historia puede escribirse de otra manera. El Azteca, ese viejo coloso que ha visto los momentos más grandes del futbol, volvió a sentirse joven.
Paradójicamente, el Mundial de 2026 cambió el formato del torneo. Con la incorporación de los dieciseisavos de final, el famoso «quinto partido» ya no representa los cuartos de final como en las ediciones anteriores. Sin embargo, en el imaginario colectivo, vencer a Ecuador rompió una barrera emocional que llevaba cuarenta años intacta: México volvió a ganar un encuentro de eliminación directa en una Copa del Mundo.
La siguiente cita será aún más exigente. El rival saldrá entre Inglaterra y la República Democrática del Congo, pero eso parece importar poco por ahora. Después de cuatro décadas de espera, el futbol mexicano recuperó algo más valioso que un boleto a la siguiente ronda: recuperó la esperanza.
Porque algunas victorias valen por un marcador. Otras, como la conseguida frente a Ecuador, valen por cuarenta años de memoria.
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