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El dedo y el caballo de Troya

El dedo y el caballo de Troya

Misael Habana de los Santos

Cuando Esthela Damián renunció a la Consejería Jurídica de la Presidencia de la República, el temblor político en Guerrero tuvo varias réplicas.

Sus seguidores —muchos de ellos procedentes del PRI— celebraron como si la encuesta ya hubiera concluido y las urnas estuvieran contadas: “Será la próxima gobernadora”, “es la indicada del centro”, “habrá dedazo”.

La consigna prendió en una parte del imaginario colectivo despolitizado. Lo que sus promotores presentaron como una ventaja frente a más de 30 aspirantes terminó convirtiéndose en uno de los mayores negativos para la chilpancingueña y para Morena.

Porque si la candidatura ya estuviera resuelta en Palacio Nacional, la encuesta sería una simulación, los demás aspirantes simples actores de reparto y el pueblo de Guerrero un convidado de piedra.

Aceptar esa versión sería lamentable para la democracia, para Morena y para la Cuarta Transformación. Significaría arrojar al basurero de la historia los principios de un movimiento que combatió al antiguo régimen para terminar abrazando sus métodos.

El peligro no está solamente en una aspirante, sino en las fuerzas políticas que pretenden utilizar su candidatura como caballo de Troya. El viejo PRI carece del respaldo popular suficiente para regresar por la puerta principal, pero algunos de sus cuadros buscan entrar por la puerta trasera de Morena, cargando en las alforjas las prácticas de siempre: corrupción, privilegios, nepotismo, clasismo y culto a la obediencia.

El priismo no ha muerto. En Guerrero continúa vivo, aunque enmascarado. Y la máscara resulta tan transparente que permite distinguir las viejas mañas debajo del color guinda.

Es el muerto-vivo de la política estatal: cambia de siglas, se acomoda al discurso dominante, aprende algunas consignas y espera pacientemente la oportunidad de volver a lo suyo.

El dedazo no es una invención reciente. Durante la llamada “dictadura perfecta”, el PRI convirtió la sucesión presidencial en una ceremonia del poder. El mandatario en turno mantenía oculto al elegido, administraba silencios y alentaba rumores hasta que, llegado el momento, el dedo del tlatoani señalaba al sucesor.

Después venían el destape, la cargada y la elección convertida en trámite.

La práctica comenzó a configurarse durante el Maximato de Plutarco Elías Calles, se institucionalizó en las sucesiones presidenciales de 1940 y 1946 y alcanzó su plenitud bajo el presidencialismo priista.

Daniel Cosío Villegas llamó al mandatario mexicano “emperador sexenal”; Jorge Carpizo colocó la designación del sucesor entre sus facultades metaconstitucionales, y Jorge G. Castañeda reconstruyó en La herencia aquella liturgia del tapado, el dedazo y la obediencia.

Como en La creación de Adán, de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, el dedo transmitía la vida. Sólo que en México no daba existencia al primer hombre, sino a un candidato que aparecía repentinamente colmado de virtudes.

El dedo señalaba y la cargada hacía el resto.

Este miércoles, la presidenta Claudia Sheinbaum descartó cualquier dedazo. Aseguró que las candidaturas serán determinadas mediante encuestas abiertas, no solamente entre los militantes de Morena:

“Lo que defina la encuesta, que es lo que piensa la gente, porque son encuestas abiertas; no es encuesta a los militantes de Morena, sino abierta a toda la población a través de distintas preguntas. Así fue como fue tomada la decisión, en mi caso, de ser candidata de Morena, con encuestas abiertas a toda la población”.

La presidenta fue más allá. Quienes aspiren a una coordinación o a un cargo de representación popular deberán pasar por filtros de integridad.

Morena pretende consultar al Gabinete de Seguridad, a la Fiscalía General de la República y a la Unidad de Inteligencia Financiera para verificar si algún aspirante tiene antecedentes o indicios de vínculos con la delincuencia o posibles actos de corrupción.

El mensaje no admite demasiadas interpretaciones: no habrá bendición presidencial y tampoco debería existir refugio para quienes pretenden cambiar de camiseta sin abandonar sus antiguas prácticas.

Esthela Damián tiene derecho a participar y sus seguidores a promoverla. Lo que no pueden hacer sin perjudicarla es presentarla como la candidata previamente ungida por la presidenta.

Si quieren ayudarla, tendrán que dejar de levantar el dedo del dedazo y comenzar a construirle respaldo social.

En la pintura de Miguel Ángel, los dedos todavía no se tocan. Entre ambos queda un pequeño espacio. En Guerrero, ese espacio debe pertenecerle al pueblo.

Porque si el dedo del poder termina sustituyendo su voluntad, no habrá transformación: solamente una nueva versión, pintada de guinda, de la vieja Capilla Sixtina del PRI.

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