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La noche en que vino el Diablo

La noche en que vino el Diablo

(Una de tres partes)

Misael Habana de los Santos

Si no tuviera la explicación técnica y científica sobre el huracán Otis, diría que fue cosa del Diablo.

Eso escribí pocos días después de aquella madrugada del 25 de octubre de 2023. Encontré ahora el borrador, tres años después, y al releerlo me regresaron los ruidos.

—Castigo divino —me dijo entonces alguien, convencido de que Dios había enviado el huracán con dedicatoria especial para los acapulqueños.

—No puede haber un Dios tan malo con sus fieles —le respondí.

E insistí: aquello había sido obra del Cachudo, de la Bestia, de Lucifer, porque el Señor aprieta, pero no ahorca.

Y muchos fuimos asfixiados.

La ciencia, desde luego, dice otra cosa.

Otis pasó de tormenta tropical a huracán categoría 5 en menos de doce horas. Tocó tierra en las inmediaciones de Acapulco a las 00:25 del 25 de octubre, con vientos sostenidos de 270 kilómetros por hora y rachas de 330: la categoría más alta de la escala Saffir-Simpson. Fue una intensificación que rompió récords en México.

Pero una cosa es leer 330 kilómetros por hora en un informe meteorológico y otra muy distinta escucharlos mientras intentan arrancarte la casa.

La ciencia mide la velocidad del viento.

No mide el miedo.

A más de uno le escuché decir entonces que durante el huracán había oído voces diabólicas, aullidos, palabras distorsionadas, sonidos semejantes a los de esas películas de terror de Hollywood que uno mira cómodamente sentado porque sabe que el monstruo está detrás de la pantalla.

En Otis no había pantalla.

Una señora de Cumbres de Llano Largo, que con las primeras rachas se quedó sin techo, me contó que levantó la mirada. El cielo estaba nublado, ennegrecido, convertido en una masa que parecía caer sobre ella.

Y ahí, me aseguró, vio el rostro del mismísimo Satán.

No discutí con ella.

¿Cómo explicarle, en aquellos días, que seguramente había visto nubes, objetos, sombras y lluvia desplazándose a velocidades inimaginables?

Cada sobreviviente construyó su propio demonio.

El mío era el ruido.

Porque Otis no silbaba. Rugía.

Crujían los edificios, estallaban los cristales, volaban láminas, árboles, anuncios, muebles y pedazos de una ciudad que durante décadas habíamos creído indestructible. Acapulco se iba desarmando en la oscuridad.

Después llegó el silencio.

Y con la luz del día descubrimos que el Diablo —si había sido él— tenía conocimientos de urbanismo.

Sabía perfectamente dónde estaban las casas de cartón, los edificios de cristal, las construcciones levantadas donde nunca debieron levantarse, las colonias trepadas sobre los cerros y los desarrollos inmobiliarios que habían vendido lujo a precio de oro y resistencia a precio de papel.

Otis fue democrático durante unas horas: ricos y pobres sentimos miedo.

Pero, cuando amaneció, regresaron las clases sociales.

Unos contemplaron sus departamentos destrozados.

Otros descubrieron que ya no tenían casa.

Unos llamaron a las aseguradoras.

Otros salieron a buscar agua.

Y algunos ni siquiera pudieron llamar a nadie porque tampoco había teléfono.

El huracán había tardado unas horas en hacer algo que políticos, urbanistas, empresarios y nosotros mismos habíamos evitado durante décadas:

desnudar Acapulco.

Un mes después se lo diría en persona al presidente Andrés Manuel López Obrador.

La ciudad todavía estaba herida cuando, el 23 de noviembre, frente al Presidente de la República, la gobernadora, los máximos mandos militares y buena parte del gabinete federal, tomé el micrófono:

“Otis prácticamente, literalmente, nos dejó desnudos a los acapulqueños y coyuquenses”.

Y agregué:

“Una ciudad construida con cartón y cristal”.

Para entonces, las cifras oficiales hablaban de 50 muertos y 30 desaparecidos.

Pero esa mañana no quería hablar solamente de muertos, desaparecidos, toneladas de basura, hoteles destruidos o viviendas dañadas.

Quería hablar del otro cadáver que Otis había dejado sobre la mesa:

el modelo Acapulco.

La ciudad del sex, sand and sun.

La ciudad del paraíso cinematográfico.

La ciudad de los grandes hoteles y de los trabajadores que regresan por la noche a las colonias populares.

La ciudad donde unos miran la bahía desde un departamento de millones y otros contemplan el mismo mar desde un techo de lámina.

Aquella mañana estaban presentes los representantes del Estado que tendría que reconstruirla. También estaban en Acapulco los grandes empresarios del país, discutiendo con el gobierno cómo levantar nuevamente el puerto.

La oligarquía nacional había venido a reconstruir el paraíso.

La oligarquía cevichera ya estaba aquí.

Y entonces surgía una pregunta que, tres años después, sigue teniendo sentido:

¿Qué Acapulco íbamos a reconstruir?

¿Uno nuevo?

¿O exactamente el mismo que Otis acababa de desnudar?

Pero esa es otra historia.

Y merece otra columna.

AFORISMO TROPIKAL

No fue cosa del Diablo. El Diablo sólo puso el viento. El resto ya estaba construido.

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