Chavarría
Celestino Cesáreo Guzmán
A 17 años de aquella dolorosa mañana del 20 de agosto de 2009, hay ausencias a las que uno nunca termina de acostumbrarse. La de Armando Chavarría Barrera es una de ellas. Recordarlo es volver inevitablemente a los años de estudiante, a las luchas universitarias, a las reuniones interminables, a las carreteras de Guerrero y a tantas conversaciones donde siempre había espacio para una enseñanza, una broma o una reflexión. Lo conocí cuando su liderazgo comenzaba a convocar a una generación que soñaba con cambiar Guerrero y, desde entonces, tuve el privilegio de caminar cerca de él. Para muchos fue el dirigente; para mí fue también el maestro, el amigo, el compañero y, sencillamente, el Jefe.
Armando tenía una manera muy suya de hacer política. Sabía escuchar, negociar y cumplir su palabra. No necesitaba levantar la voz para ejercer autoridad, pero tampoco le temblaba cuando había que defender sus convicciones. Recuerdo aquella ocasión en la Cámara de Diputados cuando, frente al poderoso Porfirio Muñoz Ledo, defendió su derecho a conversar y construir acuerdos con legisladores de otros partidos, recordándole que mientras algunos habían disfrutado “las mieles del poder”, él provenía de las luchas sociales de Guerrero. Después fueron amigos y conservaron una relación de respeto. Así era Chavarría: podía discutir con firmeza sin destruir los puentes, porque entendía algo que hoy parece escaso en la política: el adversario de hoy podía ser el interlocutor de mañana.
Pero quizá mis recuerdos más entrañables no están en los grandes salones de la política, sino en los caminos de Guerrero. Lo recuerdo recorriendo las carreteras casi intransitables de la Montaña, pasando por Tlatlauquitepec, Zapotitlán Tablas, Tlacoapa y Malinaltepec; entrando a escuelas y comisarías, llevando modestos apoyos, pero sobre todo escuchando a la gente. Una noche, cansados y hambrientos, nos detuvimos en una pequeña fonda rumbo a San Luis Acatlán. Con un café de olla y un pedazo de pan —uno de sus gustos sencillos— nos habló con tristeza de la pobreza que habíamos visto durante el día. “Estos apoyos son como una aspirina para un paciente que requiere una operación a corazón abierto”, nos dijo. “Guerrero necesita una cirugía mayor… y lo vamos a lograr, chavos”. Han pasado los años y todavía puedo imaginarlo pronunciando aquellas palabras.
Su horizonte político era enorme. Diputado Federal, Senador de la República, Secretario General de Gobierno y Presidente de la Comisión de Gobierno del Congreso del Estado, Armando había recorrido un largo camino y estaba preparado para la responsabilidad mayor: gobernar Guerrero. Había madurado entre la universidad, la izquierda, las comunidades, las instituciones y el diálogo con quienes pensaban diferente. Pero aquella mañana del 20 de agosto las balas cortaron brutalmente su vida y dejaron inconcluso un proyecto construido durante años. Ocho días después habría celebrado su cumpleaños. En cambio, quienes habíamos compartido tantos caminos tuvimos que acompañarlo hasta su última morada. Ahí, frente a su tumba, solamente pude despedirme con unas palabras que todavía me estremecen al recordarlas: “Nos volveremos a ver, Jefe”.
Diecisiete años después, duele aceptar que seguimos sin conocer toda la verdad y que su asesinato permanece impune. Guerrero merece saber quiénes le quitaron la vida, quiénes lo ordenaron y por qué mataron a un hombre que estaba en la cúspide de su trayectoria. Pero las balas pudieron detener su caminar, no pudieron borrar sus huellas.
Chavarría sigue presente en su familia, en sus amigos, en quienes fuimos sus compañeros y en una generación de hombres y mujeres que aprendimos a su lado que la política también puede hacerse escuchando, tendiendo puentes, recorriendo pueblos y mirando de frente a la gente. Muchas veces me pregunto qué pensaría Armando del Guerrero de hoy, qué diría ante tantas heridas que siguen abiertas y cuánto nos recordaría aquella necesidad de una “cirugía mayor” que todavía está pendiente.
Hoy prefiero recordarte así, líder Armando: caminando por la Montaña, conversando con la gente, disfrutando un café y un pedazo de pan; serio cuando las circunstancias lo exigían y alegre entre los amigos; dejando siempre una rendija abierta para volver a encontrarse con el adversario.
Han pasado 17 años, pero hay recuerdos que el tiempo no envejece. Quedaron tus enseñanzas, las anécdotas, las bromas, los caminos recorridos y aquel sueño obstinado de demostrar que Guerrero podía cambiar. Y aquí seguimos algunos de aquellos “chavos”, con más años encima, con muchas batallas vividas, pero sin olvidar al maestro que nos enseñó a caminar.
Descansa en paz, Jefe. Terminaron con tu vida, pero no pudieron arrancarte de nuestra memoria. Armando Chavarría vive. La lucha sigue. Hasta siempre, Líder.
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