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¿Porqué Bety?

¿Porqué Bety?

Por José Luis Méndez

Hay una pregunta que empieza a cobrar fuerza en Guerrero: ¿por qué apoyar a Beatriz Mojica Morga para la Coordinación Estatal para la Defensa de la Transformación y la Soberanía y, eventualmente, para la gubernatura?

La respuesta no está solamente en una encuesta, en un cargo o en una coyuntura. Está en su trayectoria.

Mojica no llegó a la izquierda cuando ésta se convirtió en gobierno. Se formó cuando ser de izquierda significaba caminar comunidades, repartir volantes, cuidar casillas y defender causas desde la oposición. Su historia política atraviesa desde el Frente Democrático Nacional de 1988 y las luchas del obradorismo hasta la construcción de la Cuarta Transformación.

Eso importa porque, en política, la congruencia también es capital.

Su origen es otro elemento que no debería pasar inadvertido. Nació en Huehuetán, en la Costa Chica; creció en Tierra Caliente y proviene de una familia que conoció el trabajo, la desigualdad y la discriminación. No necesita explicar en un discurso qué significa que Guerrero tenga regiones olvidadas: esa realidad forma parte de su propia biografía.

Pero una gubernatura no se gana con historia personal. Se gana con capacidad.

Y ahí aparece otro argumento a su favor: su formación académica, su experiencia legislativa, su paso por la administración pública, su conocimiento territorial y su participación en distintos momentos de la izquierda mexicana. Ha tenido triunfos y derrotas. Ha enfrentado resistencias. Y, sobre todo, ha permanecido.

¿Tiene contradicciones o pendientes? Por supuesto. Ninguna trayectoria política está exenta de cuestionamientos. El verdadero punto es si sus fortalezas pesan más que sus debilidades y si puede construir una mayoría política más allá de su propio grupo.

Esa es precisamente la prueba que tendría que superar.

Su cercanía política con Claudia Sheinbaum tampoco se reduce a una fotografía o a una circunstancia electoral. Ambas compartieron etapas de la lucha de la izquierda y Mojica respaldó tempranamente el proyecto presidencial de Sheinbaum. Hoy, con la primera mujer presidenta de México, esa relación adquiere una dimensión política distinta.

La pregunta de fondo, entonces, no es solamente si Beatriz Mojica quiere gobernar Guerrero. Es si puede representar una nueva etapa para el estado: una izquierda con experiencia, con perspectiva de género, con identidad afromexicana, con conocimiento territorial y, al mismo tiempo, con capacidad para atraer sectores que no necesariamente se identifican con una sola corriente política.

Apoyarla no debería significar un cheque en blanco. Debería significar exigirle que demuestre que puede unir, organizar y gobernar.

Porque si la disputa por la Coordinación Estatal se trata de quién tiene más derecho a reclamar la historia de la transformación, la respuesta puede ser discutible.

Pero si se trata de quién tiene la trayectoria, la preparación y la capacidad para construir el siguiente capítulo, Beatriz Mojica tiene argumentos que sería un error político ignorar.

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