Doble nacionalidad
Celestino Cesáreo Guzmán
Para hablar de doble nacionalidad en Guerrero se debe pensar primero en las miles de familias guerrerenses que, desde hace décadas, viven separadas por una frontera. En los padres que salieron de la Montaña, de la Costa Chica, de Tierra Caliente, de la Costa Grande, de la región Norte o del Centro buscando en Estados Unidos las oportunidades que aquí no encontraron. En sus hijos que nacieron allá, pero crecieron escuchando hablar de Guerrero; que regresan a las fiestas de sus pueblos, mantienen vínculos con sus comunidades y conservan costumbres, afectos y raíces.
La migración forma parte de nuestra historia contemporánea. Entre 2015 y 2020, 94 de cada 100 guerrerenses que emigraron al extranjero tuvieron como destino Estados Unidos, y Guerrero ha sido considerado una entidad de alta intensidad migratoria.
Esa relación no desaparece cuando se cruza la frontera.
Los migrantes guerrerenses envían recursos a sus familias, contribuyen a las economías de sus comunidades, participan en obras colectivas y mantienen vínculos sociales y culturales con sus lugares de origen. Tan sólo durante el primer semestre de 2025, Guerrero recibió alrededor de mil 655 millones de dólares en remesas, colocándose entonces entre las entidades con mayores ingresos por este concepto.
Por eso, cuando en México discutimos si una persona con doble nacionalidad puede aspirar a encabezar la Presidencia de la República o el gobierno de un estado, en Guerrero la discusión adquiere un significado particular.
Porque aquí la doble nacionalidad no es una abstracción jurídica. Tiene rostro.
Es el hijo de guerrerenses que nació en Estados Unidos. Es la mujer que después de muchos años de trabajo adquirió otra nacionalidad sin dejar de sentirse mexicana. Es el joven que creció entre dos países y que un día decidió regresar a estudiar, trabajar, formar una familia o participar en la vida pública de su comunidad.
Por eso debemos hacernos una pregunta de fondo: ¿Poseer otra nacionalidad debe ser suficiente para poner en duda la lealtad de una persona hacia México?
Imaginemos a un joven hijo de guerrerenses nacido en Estados Unidos. Creció entre aquel país y Guerrero. Regresó, estudió aquí, trabaja aquí, formó aquí una familia, conoce los problemas de su comunidad y decide dedicar una parte importante de su vida al servicio público.
Jurídicamente posee dos nacionalidades. Pero ¿esa circunstancia significa necesariamente que Guerrero representa menos para él?
Ahí está una de las dimensiones humanas que no debemos perder de vista.
La migración guerrerense no puede reducirse a estadísticas. Detrás de cada persona que cruzó la frontera existe generalmente una historia de esfuerzo, necesidad y búsqueda de oportunidades. Y detrás de muchas de ellas permanece una familia, una comunidad y una tierra a la que nunca terminaron de renunciar.
Desde esa realidad debemos entrar entonces a la reflexión jurídica.
El Congreso de la Unión aprobó una reforma a los artículos 82, 116 y 122 constitucionales para establecer la nacionalidad mexicana única como requisito para quienes aspiren a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. El Senado la aprobó con 86 votos a favor y 42 en contra y la remitió a los congresos de las entidades federativas para continuar el procedimiento de reforma constitucional.
El planteamiento establece que quienes aspiren a esos cargos deberán ser mexicanos por nacimiento y no tener otra nacionalidad; si la poseen, deberán renunciar a ella antes de solicitar su registro. También contempla que durante el ejercicio del cargo no puedan adquirir otra nacionalidad, invocarla ante autoridades extranjeras, utilizar documentos de identidad expedidos por otro Estado, ejercer los derechos políticos inherentes a esa ciudadanía o acogerse a su protección diplomática.
El argumento que sostiene esta reforma parte de un principio comprensible: quien encabeza un Poder Ejecutivo debe mantener un vínculo político exclusivo con el Estado mexicano y colocar los intereses de la nación por encima de cualquier otro.
Es un argumento que merece ser considerado.
Pero también merece ser escuchada la otra parte de la discusión.
La doble nacionalidad no significa necesariamente doble lealtad.
La reforma no elimina la doble nacionalidad ni desconoce la condición de mexicanos de quienes poseen otra nacionalidad. Lo que establece es un requisito específico para quienes pretendan encabezar los poderes ejecutivos federal y locales. Esa diferencia es fundamental para comprender sus alcances.
Para las y los guerrerenses esa pregunta no se responde únicamente desde un escritorio ni solamente leyendo la Constitución.
Se responde también mirando nuestras comunidades.
Mirando las casas construidas con años de trabajo fuera del país. Las familias que esperan cada diciembre el regreso de sus hijos. Los pueblos donde conviven quienes nunca se fueron con quienes regresaron después de décadas. Los hijos de guerrerenses nacidos en Estados Unidos que hablan de Guerrero como la tierra de sus padres y también como parte de su propia identidad.
Porque un pasaporte acredita una nacionalidad, pero no necesariamente mide el amor por una tierra.
La Constitución puede establecer requisitos para ejercer el poder público.
La nacionalidad es una condición jurídica.
La lealtad a México y a Guerrero, en cambio, se demuestra con los actos.
Y quizá ahí se encuentre el verdadero fondo de esta discusión. Veremos.
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