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El discurso que no se pronuncia

El discurso que no se pronuncia

José Luis Méndez

En política, no todo se dice con palabras.

De hecho, en campañas y procesos internos, muchas veces el mensaje más poderoso no sale de un discurso ni de un comunicado. Se transmite con la forma de caminar, de saludar, de vestir, de bailar, de mirar a la gente y hasta con la manera en que se decide llegar a un evento.

La comunicación política moderna llama a esto lenguaje no verbal. Y suele ser más poderoso que cualquier discurso aprendido de memoria.

El registro de aspirantes de Morena para encabezar la Coordinación Estatal para la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Guerrero dejó precisamente eso: una colección de discursos silenciosos.

Cada aspirante habló. Algunos con el micrófono. Otros con su imagen.

Desde el vestuario comenzaron las diferencias.

Hubo quienes optaron por proyectar una imagen ejecutiva y sobria. Esthela Damián, María Guadalupe Eguiluz, Abelina López y Karen Castrejón eligieron blazers discretos y una presencia institucional, acorde con la relevancia del momento.

En contraste, Alberto López Rosas quien con un saco azul «mirame a fuerzas», inevitablemente captó la atención. Una elección llamativa que colocó el reflector sobre su imagen antes que sobre su mensaje político.

Marcial Rodríguez Saldaña y José Ojeda Jiménez privilegiaron una vestimenta completamente casual. Cada político tiene derecho a construir su propia narrativa visual, aunque en un acto de esta trascendencia la imagen también comunica el peso que se le concede al momento.

Pero quizá el elemento más significativo apareció en dos mujeres que eligieron algo más que un atuendo.

Aidé Ibarez y Beatriz Mojica acudieron portando huipiles de su tierra.

No fue únicamente una elección estética.

Fue una declaración de identidad.

En un proceso donde todos hablan de Guerrero, ellas decidieron vestir Guerrero.

Y ese detalle importa.

Porque la identidad no siempre se presume con discursos; muchas veces se expresa con naturalidad.

Lo mismo ocurrió en la forma en que cada aspirante decidió construir su acompañamiento.

Abelina López llegó respaldada por un contingente numeroso que evidenció una importante capacidad de movilización. Sin embargo entre los asistentes destacaron trabajadores y funcionarios del Ayuntamiento de Acapulco, además de una presencia visible de banderas de la diversidad sexual, reflejo de un mensaje de inclusión que ante lo numeroso, mostró un atisbo de exclusión.

Esthela Damián si bien su peculiar estilo para bailar la iguana le mereció varios memes y una lluvia de visualizaciones que la volviera viral, el que siga esa ruta brincando como la chilindrina,  portando sombreros al estilo de Clavillazo o adoptando poses entre acrobaticas y antifisiologicas (como cuando hizo la «E» y levantó su constancia de registro), denotan la urgencia que su equipo siente por llamar la atención y sea conocida sin importarles que sea percibida como infantil, falta de seriedad o peor ridícula.

Y entonces apareció Beatriz Mojica.

Su registro no fue únicamente un acto administrativo.

Fue una representación cultural.

No llegó sola.

Llegó acompañada por guerrerenses.

No por grupos improvisados ni por una escenografía prestada.

Llegó con sones de Tierra Caliente, con batucadas, con los tlacololeros, con música, con baile y con ese orgullo que caracteriza a quienes entienden que Guerrero no necesita inventarse una identidad porque la lleva consigo.

La diferencia fue evidente.

Mientras algunos construyeron un evento político, Beatriz construyó una narrativa.

No habló únicamente de la transformación.

La representó.

No explicó el orgullo guerrerense.

Lo mostró.

Y eso, en comunicación política, suele tener un enorme valor.

Porque las campañas modernas ya no se ganan únicamente con propuestas.

También se construyen a partir de emociones.

De símbolos.

De identidad.

De aquello que permanece en la memoria cuando termina el evento.

Al final, los ciudadanos olvidan muchas frases.

Pero recuerdan imágenes.

Recuerdan quién parecía auténtico.

Quién transmitía pertenencia.

Quién conectó con la gente sin necesidad de forzar el momento.

Los procesos internos de Morena apenas comienzan y todavía habrá tiempo para contrastar trayectorias, capacidades, proyectos y resultados.

Pero si el primer capítulo era comunicar quién representa mejor el sentir de Guerrero, Beatriz Mojica entendió algo que en política suele marcar la diferencia.

Hay discursos que se pronuncian.

Y hay discursos que simplemente se viven.

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