¿Y cuando Otis y John? El Guerrero que Esthela Damián no miró
Por Joel Juárez
En política hay amores que duran toda la vida y otros que aparecen justo cuando se acerca el calendario electoral. Guerrero conoce bien esa diferencia.
En las últimas semanas, la presencia de Esthela Damián en territorio guerrerense se ha vuelto constante. Reuniones, recorridos, fotografías, discursos sobre el pueblo, la transformación y el compromiso con el estado. Todo parece indicar que Guerrero ocupa un lugar privilegiado en sus prioridades políticas. La pregunta, sin embargo, es inevitable: ¿dónde estaba cuando Guerrero enfrentó sus horas más oscuras?
Cuando el huracán Otis devastó Acapulco y dejó una estela de muerte, destrucción y desesperación, miles de familias perdieron casas, negocios, patrimonio y, en muchos casos, a sus seres queridos. El estado entero vivió una de las peores tragedias de su historia reciente. Más tarde, con el paso de John, comunidades completas volvieron a enfrentar inundaciones, deslaves, aislamiento y daños severos.
En esos momentos, los guerrerenses no necesitaban discursos; necesitaban manos, gestión, presencia y acompañamiento.
No se trata de negar el derecho de cualquier figura política a recorrer el estado, reunirse con militantes o construir un proyecto. Eso forma parte de la vida democrática. Lo que resulta legítimo cuestionar es la oportunidad con la que aparece ese interés. Porque cuando el compromiso es auténtico, suele notarse también en los momentos difíciles, no únicamente cuando se empiezan a mover las piezas rumbo a la siguiente contienda.
La memoria política es incómoda, pero necesaria. Los ciudadanos recuerdan quién estuvo cuando no había reflectores, cuando las calles estaban cubiertas de lodo, cuando los hoteles eran ruinas, cuando los comerciantes improvisaban techos con lonas y cuando las comunidades permanecían incomunicadas. También recuerdan quién llegó después, cuando el escenario ya estaba listo para las fotografías.
Guerrero ha sido, durante décadas, un estado utilizado como plataforma política por actores nacionales que descubren su importancia solo cuando representa votos, estructura o poder. Esa práctica no es exclusiva de un partido ni de una persona; es un vicio recurrente de la política mexicana.
Por eso la pregunta sobre Esthela Damián trasciende su nombre. Es una pregunta sobre la autenticidad del compromiso público. ¿Se puede hablar de amor por Guerrero sin haber sido visible en sus momentos de mayor dolor? ¿Puede construirse liderazgo desde la presencia intermitente?
Los electores tendrán la última palabra. Pero antes de escuchar nuevas promesas, quizá convenga revisar las ausencias. Porque en política, como en la vida, no solo cuentan las veces que alguien llega; también cuentan las veces que decide no estar.
Y cuando Guerrero enfrentó a Otis y a John, esa ausencia merece ser recordada.
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